Gregor Samsa veunos ver!!!!!

Gregor Samsa veunos ver a mañá do pasado martes.

Foi posible grazas ao traballo e bo facer de Álex Sobrino, actor da compañía Xerpo que interpretou a un Gregor Samsa do século XXI.

Gregor Samsa é un programador que traballa para unha empresa que abusa dos seus servizos, é un mileurista do que depende toda a súa familia e, no seu tempo libre, traballa nun emulador do pensamento humano que, en teoría, sería capaz de reproducir o pensamento dunha persoa concreta. A falla de financiamento e a curiosidade lévano a probar nas súas carnes a técnica. Así comeza unha obra na que o “monstruoso insecto” da Metamorfose orixinal vese convertido nun insecto social, un incomprendido, un inadaptado”. Aquí podedes ler máis información da obra.

Álex Sobrino convértese, nesta peza, en actor e técnico de luces. Fai unha adaptación da obra kafkiana divertida, moi áxil e rica (luces, son, interpretación, texto… todos os elementos están aproveitados e combinados con intelixencia) sen desvirtuar a historia do Samsa de Kafka. Así, a incomprensión, a incomunicación, o absurdo do vivir, a crítica ás duras condicións laborais e á alieneación do ser humano son traídas aos século XXI. Comparten escenario a filosofía coa tecnoloxía. Seguramente Kafka, de vivir no século XXI, convertería ao seu Gregor na parte dunha máquina.

Ao rematar a función Álex contestou moi amablemente ás preguntas do público e amosoulles a algúns alumnos e alumnas os “trucos” tecnolóxicos da mesma:

Metamorfosis e Ourense 012

Metamorfosis e Ourense 014

 

 

 

 

Tócavos a vós agora atoparlle os trucos filosóficos e pensar nela, darlle voltas,interpretala. Sería interesante que comentarades as vosas interpretacións da obra que vimos facendo algún comentario da mesma.

 

Outro aplauso desde aquí, Álex. E longa vida ao teatro!

Gregor, ¿sigues ahí? (Parte VI)

Hacía una noche espléndida. Ni una sola nube cubría el cielo y desde donde estábamos no se veía rastro de población alguna por lo que se podían ver las estrellas perfectamente. No pasaron demasiadas horas hasta que todos quedamos dormidos sin importarnos el estar expuestos a la oscuridad de la noche y a los animales salvajes.

Recuerdo que dormí plácidamente.

El día siguiente nos despertó con un sol que calentaba tanto como brillaba, rozando incluso lo molesto. No sabía qué hora era.

Quise levantarme y estirarme un poco.

Al instante descubrí que mi posición no era natural y mis amigos no estaban. Mi ángulo de visión era diferente, veía mejor lo que tenía a ambos lados de la cabeza que lo que estaba en frente. Cuando levanté la vista  vi que mi cuerpo había cambiado.

Antes de intentar moverme pasó por mi cabeza la idea de que me habían disfrazado para hacerme una broma. Ese alocado pensamiento desapareció cuando moví una de mis ahora más musculosas piernas, o mejor dicho, patas. Tenía cuatro y todas acababan en unos grandes cascos. Ponerme en pie fue todo un reto. Pesaba mucho y mis extremidades eran muy largas. En un primer momento me sentí solo, luego me examiné. Tenía un pelaje marrón claro y si movía (no sé cómo) mi cola, veía un largo látigo compuesto por miles de hilos blancos.

No sabía cómo andar, tropezaba constantemente, hasta una vez intenté gritar para llamar a mis amigos, pero solo se escuchó un leve y débil relincho. Tenía sed y quería seguir sabiendo cómo era ahora asique, muy inseguramente, me encaminé al río en el que la noche anterior habíamos mojado los pies y nos refrescáramos. Allí había una niña pequeña.

Se asustaron mucho al verme aparecer y los dos adultos estaban tensos.

Me parecieron un poco pequeños vistos desde arriba.

La pequeña, ya sonriente, quiso acercarse a mí mientras yo bebía y me asusté un poco, pero rápidamente sus padres la retuvieron sin apartarme la mirada.

¿Qué podía hacer ahora? ¿A dónde ir? ¿Con quién hablar?

Javier Táboas Rico

Un 3 de enero Marcos despertó con el sonido de su despertador. Se levantó lentamente de la cama y notó un profundo dolor en la cabeza, como una fuerte presión, acompañado de un ligero picor. Al rascarse tocó un cuerno y se asustó. Miró hacia arriba y vio que tenía dos enormes cuernos blancos de vaca. Corrió hacia el baño para poder verse al espejo. Efectivamente, tenía dos cuernos pegados a la cabeza. Intentó con todas sus fuerzas despegárselos pero no pudo. Incluso pensó que alguien se los podría haber pegado con pegamento mientras dormía, así que les echó un líquido para despegar. Desgraciadamente no dio resultado y se fue al médico urgentemente. De camino a urgencias chocó con varias puertas por lo altos que eran sus cuernos. También tuvo que ir encorvado en su coche por la dimensión del tamaño de estos. Cuando estaba en la sala de espera la gente lo miraba con cara extraña. Un niño le preguntó dónde conseguir unos cuernos tan chulos. Al entrar en la consulta del médico, tras tropezarse de nuevo con la puerta, el doctor  no se sorprendió en absoluto. Lo único que hizo fue tocarlos con la mano y apuntar en un papel, con una letra ilegible, cosas que Marcos no entendía.

-¿Qué me pasa doctor?- preguntó Marcos.

-Pues que le han salido dos cuernos de vaca ¿No lo ve?- le respondió como si Marcos fuera ciego.

-No, ya, ya… Pero ¿Por qué los tengo? ¿Cómo puedo quitármelos?

-Muy sencillo ¿Alguna vez ha sido infiel a su pareja?

Marco se puso colorado. ¿A qué venía eso? No le apetecía nada admitir que la semana pasada había engañado a su novia con una amiga suya. Su novia lo mataría sin duda alguna.

-Yo… Ejem… ¿Para qué quiere saber eso?- dijo Marcos casi tartamudeando.

– Supongo que eso quiere decir que sí. Bueno, el caso es que la solución es la siguiente: Cuénteselo a su pareja y pídale perdón. Los cuernos se irán cayendo con el tiempo después de hacer eso.

-¡Pero si le digo eso me dejará!- Gritó Marcos.

-Ah, sí, posiblemente lo haga. Es el efecto secundario.

Y Marcos se lo contó a su novia. Podría haber esperado un poco de tiempo antes de hacerlo. Su novia llegaba de trabajo y todavía cargaba con el equipo. Era jardinera y esta vez llevaba unas enormes tijeras de podar. Así que cuando Marcos le contó lo que había hecho, la furia de ella fue tal que cogió sus grandes tijeras y le cortó los cuernos, aunque su intención era cortarle la cabeza. Marcos huyó de su casa. Y se juró que nunca volvería a ponerle los cuernos a alguna pareja suya. No por si le salían cuernos, más bien por si estos no desaparecían. Entonces la víctima sería su cabeza.

Alba Iglesias Amil

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(Procedencia de la imagen)

María era una chica triste, insegura, solitaria a la que también le costaba confiar en la gente. Además tenía una visión negativa de la vida. Todo esto la llevaba a encerrase en su habitación en la que se aislaba del mundo y de su familia ya que no tenía una nueva relación con ellos, en especial con su madre. Después de una fuerte discusión, se fue a dormir y cuando despertó se encontró que ya no era un ser humano sino que se había transformado en una mariposa con el cuerpo alargado, con cuatro alas grandes y de colores luminosos y vivos. Ella sabía que su vida acababa de dar un giro de 360 grados y que nada volvería a ser lo que era.

María no tardó mucho en comprobarlo. Su madre acababa de entrar en la habitación. Cuando la vio así empezó a gritar como una loca, pero al reparar en la mirada asustada de su hija se acercó a ella, la cogió en las manos y le dijo que todo iba estar bien y que no la iba a dejar sola. Desde ese momento las dos dejaron todos sus conflictos y se unieron para buscar una solución. Lo primero que hicieron fue ir a los mejores médicos, pero cuando estos veían a María se espantaban y la echaban ya que para ellos María era un monstruo. No era este el único rechazo que sufría: la gente que la veía se asustaba, salía corriendo y le gritaban cosas horribles.

María estaba acostumbrada al rechazo, pero para su madre todo esto era nuevo. Se estaba dando cuenta de lo difícil que era el día a día de su hija. El sentimiento de culpa no la dejaba dormir ya que pensaba que si hubiera pasado más tiempo con ella nada de esto estaría pasando. Un día se encontraron con una pintura en la pared de su casa que decía: “no te queremos en nuestro barrio, fuera monstruo”. Esto hizo que su madre se derrumbara por completo. María no soportó todo el sufrimiento que su transformación estaba causando a su madre. Se fue corriendo a su habitación oscura y fría en la que solía llorar. Después de pensar en todo lo ocurrido decidió que lo mejor para su madre era que ella no existiese. Así que se tomó un bote de pastillas y sus alas dejaron de volar.

Aury Medina

 Me desperté y vi cómo el techo, que siempre suelo ver como una cosa normal, estaba muy lejos de mí.
Tenía la sensación de que mirase donde mirase todo era  diez veces más grande. Eso era algo que me daba un miedo enorme. Me sentía una insignificante gota de polvo.
Tumbado en cama me empezó a picar la garganta y fue en ese momento cuando al levantarme para beber algo de agua  vi que la mesilla seguía creciendo. Y vi mi mano convertida en un ala pequeña con  múltiples plumas de diferentes colores. Recordé que en mitad de la noche, mientras dormía, tuve sensación de picor y dolor por todo mi cuerpo. En ese momento pensé : ” No será nada, tranquilízate “. Pero en este caso si había por qué preocuparse dado que tenía mi cuerpo cubierto de diminutas plumas de colores cálidos.
En ese instante me toqué la boca y sentí una sensación terrible, un miedo que superaba mis expectativas. Había notado cómo mi boca se iba convirtiendo en un áspero pico de pájaro. Tenía mucho miedo, ya que mirara donde mirara, observaba cómo  los muebles me superaban en altura unas cien veces y eso que solo estaba tumbado en mi confortable cama.
Quise levantarme para  ver cómo estaban mis pies. Atemorizado, creía que sabía lo que me estaba pasando. Así que con todas las fuerzas del mundo me impulsé, pero no pude levantarme. Muerto de miedo, pero con cierta intriga lo intenté otra vez, ayudándome ahora de mis pequeñas alas como podía.
“Lo conseguí” pensé. Allí de pie en mi cama mirando hacia los enormes muebles que tenía a mi alrededor quise acabar con todo y miré hacia abajo buscando mis pies. Al mirar, me di cuenta de que ya no los tenía, en su lugar encontré unas pequeñas patitas con unas diminutas garras.
Intenté caminar pero tropecé, me caí de cama y llegué al suelo, un suelo duro que me lastimó. Tumbada en el suelo todo era aún más grande. Ya no me sentía como una gota de polvo, me sentía aun peor. Pero para mi sorpresa en esa inmensidad de oscuridad vi un rayo de luz. Un hermoso rayo. Andando con mis pequeñas patitas lo seguí y me llevó hasta la ventana que  había dejado abierta la noche anterior para contemplar las hermosas vistas del bosque.
Como ya me había dado cuenta era un pajarito indefenso: así que empecé a batir las alas pero no me  llevó a nada. Cansado lo intenté de nuevo  cogiendo carrerilla: Entonces me elevé un poco de aquel duro suelo. Me fui un poco más atrás, tomé un bocanada de aire y empecé a correr, mientras batía las alas, como si me fuera la vida en ello. Lo conseguí, empecé a volar por aquella habitación que minutos antes me daba miedo y que ahora ya no.
Estuve volando por allí un rato. Pero quería ser libre y explorar el mundo: salí volando por aquella ventana que en un pasado me impuso respeto. El mundo, por fin, era mío.

Uxía Fernández Cerdeira

Una mañana como otra cualquiera José.T, se encuentra en un lugar desconocido y oscuro. José, esa mañana y siempre ,es un hombre normal como otro cualquiera. Vivía en Madrid, donde regentaba un bar en el centro con bastante éxito por el buen servicio y el agradable trato de los camareros. No obstante, José no era así. Él era más desagradable y a veces insolente. Su gran afición eran los toros. Se notaba al entrar en su negocio y ver por todas partes fotos de toreros, cornamentas, capotes, espadas etc. En el televisor, siempre que corrida de toros se la ponía para sus clientes y también para su disfrute propio. Se emocionaba y gritaba ´´¡pínchalo!´´ cada vez que algún banderillero o el propio torero le clavaba una banderilla en el lomo al animal.

Esa mañana, José estaba aturdido y se notaba muy pesado. Tumbado en el suelo sobre una fina capa de paja, pudo ver cómo sus extremidades se habían convertido en musculosas patas que acababan en una gran pezuña. Gracias a los pocos rayos de luz que entraban por el hueco de la puerta pudo observar que su cuerpo estaba cubierto por un duro y corto pelo negro. Y,a través de su débil sombra, también pudo divisar unos grandes cuernos encima de su cabeza. José no recordaba nada de su antigua vida, antes de aquella transformación. Ni quién o qué era, ni su anterior aspecto, nada. Estaba nervioso, ¿en qué se había convertido? Quiso gritar, pero de su alargado morro solo salió un sonoro ´´ ¡Muuuuuu!´´. Desde el exterior se escuchaba un gran griterío, música y aplausos. Intentó levantarse pero le costaba horrores erguir ese enorme y pesado cuerpo. Cuando por fin consiguió tenerse en pie (no sin un esfuerzo extraterrestre) poco tardó en cogerle el tranquillo a andar con su nuevo aspecto. De repente, desde el otro lado del gran portalón, se oyó un ruido metálico y una puerta que se abría. El animal salió sin prisa, adaptándose a la claridad y se encuentró en una pequeña pequeña plaza cubierta de arena, rodeada por unas gradas repletas de gente. Estos, al ver a José salir por el portalón, aplauderon enloquecidos como si fuera una estrella de rock. Él no entendía nada. ¿Qué hacía toda esa gente ahí? ¿Todo este griterío por verlo a él? se preguntaba el confuso animal. En un momento dado, detrás de él apareció un hombre vestido con un ceñido traje amarillo y morado cubierto por lentejuelas. En la cabeza llevaba un extraño gorro y en la mano derecha una especie de manta de color violeta. José sintió un irrefrenable impulso de abalanzarse sobre ella. Y así lo hizo, una y otra vez sin éxito. Cada vez que lo intentaba, la manta desaparecía por encima de su cabeza. A la gente que veía el espectáculo les parecía divertido y aplaudían sin parar. El animal no entendía qué era tan divertido…

Cuando ya se encontraba algo cansado de repetir varias veces la acción anterior, notó que, a sus espaldas, otro hombre le clavaba en el lomo puntiagudas banderillas. Esta operación se repitió varias veces hasta que de su lomo salieron ríos de sangre. Su dolor era inmenso, y aquella gente seguía aplaudiendo, se divertían viéndolo sufrir. ¿Por qué me hacen esto? Yo no les he hecho nada…” pensaba el malherido José. Aquellas personas pedían más y más sangre sin piedad alguna. El animal no  podía más, luchaba y luchaba, pero todo era en vano. Seguían clavándole banderillas y seguía sin dar con aquella manta que sostenía el del traje raro. José estaba tambaleando. Entonces, de detrás de la manta, el trajeado sacó una fina espada, que rápidamente clavó en la espalda del animal. Se desplomó. ¿Por qué voy a acabar así? ¿Cómo podía disfrutar alguien de esta tortura que estoy sufriendo? En un último esfuerzo, José se levantó e embistió con rabia, gritando de dolor, luchando contra el frío acero que destrozaba su interior. Era inútil. Se desplomó en el suelo, con la boca y el cuerpo cubiertos de sangre y las mejillas llenas de lágrimas. El trajeado se acercó al cuerpo demacrado del animal, y puso su cara a la altura de la del toro. En un último suspiro, mirando a los ojos a su asesino y con un alboroto de fondo, lo recordó todo.

¡Oh Dios mío, tú,  hombre que un día llamé valiente héroe, ahora te nombro cobarde villano! Que yo no tengo más armas para defenderme que estos dos cuernos y tú que tienes una espada y 1000 secuaces. No has tenido piedad de mí. Tú, que dices que amas a este animal que soy que no eres más que el toro. Discurso que yo creí y defendí ¡Cuánto me arrepiento de haber sido uno de esos bárbaros que aplauden mi tortura y muerte! No entiendo cómo pude defender esto. Lo llaman arte y solo es muerte. Ahora solo me que queda pedir perdón por mi vida pasada y cerrar los ojos.

Al hombre trajeado no le bastó con ver a José demacrado y ya sin vida. No era suficiente. Cortó sus dos orejas como trofeo, las cuales aún podían oír cómo aplaudían su final. Sacaron a aquel hombre a hombros de aquella plaza, y algunos gritaban: “Ahí va un héroe”. Yo en cambio diré que ahí va un cruel asesino…

Carlos Amil

 

Gregor, ¿sigues ahí? (Parte V)

Seguimos con vuestras metamorfosis:

Después de cenar, había ido a acostarme como de costumbre, pero esta vez con la esperanza de que aquella rara sensación terminase saliendo de mì. Una vez en cama, conseguí conciliar el sueño varias veces, pero no tardaba mucho en despertarme por culpa de alguna pesadilla, y aquella sensación no solo continuaba, sino que cada vez incrementaba un poco más. No sería capaz de describirla con palabras, únicamente podría decir que era bastante desagradable.

Miré el reloj, aún eran las dos. Me dormí por fin, y cuando me desperté no daba crédito alguno a lo que mis ojos contemplaban.  Continuamente me preguntaba qué era eso, qué había pasado y pensaba que solo podía ser otra de las horribles pesadillas que esa noche estaba teniendo. Todo lo que veía a mi alrededor era diez veces más grande de lo normal. Boca arriba, tumbado en mi cama deseaba ansioso despertar de aquella supuesta pesadilla. Finalmente, me di por vencido y decidí empezar a asimilar mi situación y a pensar qué remedio podía acabar con todo aquello. De lo que no me daba cuenta era de que ya no había solución.

Una vez asimilado, quise levantarme pero realmente no sabía cómo actuar: me había convertido en un bicho, en un insecto. Sí, ese animal al que tanta fobia le tuve desde pequeño. Cuando intenté ponerme en pie, me di cuenta de que no sabía cómo hacerlo, por lo que comencé a balancearme, y así, con suerte poder caer en el suelo boca abajo, de esta manera, a continuación me dirigiría al baño. Así fue, tal y como deseaba y sin hacer ruido. Cada paso que daba y a medida que iba avanzando, sentía un dolor inhumano e insoportable.

De camino al baño pensaba, que mi situación era tan frustrante como agobiante, pues no podía hablar con normalidad, cuando lo intentaba un agudo chirrido salía de mi boca, este, además de ser molesto me recordaba la triste situación en la que me encontraba.

Después de pasarme más de media hora frente al espejo del baño contemplando mi aspecto actual, pensé en cómo mi familia podría tomarse la noticia. O bien, lo entenderían e intentarían ayudarme a salir adelante, o lo más probable, me verían como un insecto (lo que realmente era en esos momentos) y pensarían que solamente tendrían que deshacerse de mì. Siendo realista y conociendo a mis padres, seguramente no lo entenderían. Ante esto, decidí volver a mi cama y esperar para ver què pasaba.

Dos horas más tarde, todos se habían levantado ya y al ver que yo no respondía, vinieron a mi cuarto para ver què ocurría. Al entrar, fue mi hermana la que me lanzó una mirada que me transmitió comprensión. A continuación, comenzó a llorar. Acto seguido, entraron mis padres, cuya cara no transmitió sorpresa alguna al verme así. Mandaron salir a mi hermana de la habitación, y solo se dijeron: ”Ya está, ha ocurrido, hay que deshacerse de él.”

Lara Domínguez Bohúa

Ilustración de La metamorfosis de Paco Roca, en la edición de Astiberri

Estos días me siento un poco cansada. Muchas veces creo necesitar un cambio y hasta llego a desearlo.

Hoy me he levantado como siempre para ir al instituto.

Me siento un poco rara, como si ya no tuviese la sensación de estar obligada a fingir que estoy bien frente a los demás. Puedo llorar, ser desagradable o decir lo que quiera sin la crítica continua de la gente.

Ahora mismo mi madre está destrozada por verme así y mi padre se encuentra peor. Me importa cómo se sienten pero creo que en este momento debo ser un poco egoísta.

Me voy a clases. Allí mis amigos me preguntan qué me pasa, que estoy rara. Yo me molesto y les contesto de mala manera, les digo si es necesario estar riéndome todo el día para que consideren que estoy bien o normal. Entonces me preguntan si estoy deprimida, yo digo que puede, me preguntan por qué pero yo no sé qué contestar.

¿A qué se debe este brusco cambio de pasar a ser una persona que se diría feliz a llorar todos los días y verse como una inútil e incomprendida?

Pasan las horas y en más de alguna clase siento unas repentinas ganas de explotar y salir corriendo, huir y refugiarme en mi caparazón.

Llego a casa y mi madre intenta alegrarme, yo no hago caso. Como con desgana y me voy a mi habitación, donde acabo por deprimirme más. No lo veo todo como ayer, las cosas están cambiadas y creo que yo también.

Pienso acerca de este cambio que sufro. Por una parte, debería preocuparme por mí, pero por otra creo que lo interrumpo, porque empiezo de nuevo a ser consciente de las opiniones y pensamientos de los demás y de las consecuencias que tendrá está transformación en mi interior.

Duermo toda la noche hasta el día siguiente. Me despierto golpeada por sentimientos contradictorios: la culpabilidad por dejar ver lo que siento, liberación al mismo tiempo o incluso miedo pero también alegría. Todo esto solo incrementa la incomprensión en la que me siento perdida, pero tendré que enfrentarme al cambio y sus consecuencias.

Ángela Tellado

Un buen día por la mañana me desperté, abrí los ojos y me encontré en una habitación idéntica a la mía, pero con la diferencia de que era increíblemente más grande. Me quedé un rato observando la bombilla del techo ya que no era capaz de verme con toda la libertad posible. Me sentía raro, extraño y sin control sobre mis extremidades. Más tarde, entró en la habitación mi hermano. Me cogió y me levantó, me di cuenta mirándome al espejo de la pared de que me había transformado en un lápiz con ojos saltones y un pelo rubio sobre la parte de arriba. Estos eran los únicos rasgos que se mantenían de mi apariencia. Mi hermano no se dio cuento de que era yo. Solo era un lápiz normal. Este, me llevaba todos los días al colegio, donde me gastaba utilizándome para ejercicios, exámenes y trabajos. Yo sufría enormemente cuando me utilizaba para hacer trabajos de libros optativos de castellano ya que eran largos, extensos y enrevesados. Me afilaba con aquel afila lápiz verde de pececitos azules,  que cada vez que me pasaba por encima me dolía intensamente como si me estuviesen cortando partes del cuerpo. Un buen día llegó el momento de acabar con todo ese dolor, ya que llegó a los ojos y después de dos segundos de increíble sufrimiento, se acabó todo, dejando de sentir dolor. Poco a poco fui perdiendo sentido y consciencia hasta el momento de no quedar rastro de mí, de ese lápiz de ojos saltones y de pelusa de color rubio.

Diego Guerreiro

Diferentes cubiertas de La metamorfosis

Todo comenzó una fresca mañana de primavera. Nada más despertarme me di cuenta de que mi cuerpo, como flotando en el aire, descansaba sobre una especie de colchón enorme en lo que parecía ser un cuarto adornado en todas y cada una de sus paredes. Quizás demasiado recargado. No tenía ojos en la cara para observarlo todo, pero pronto me percaté de que mis cuatro pequeñas y peludas patitas se habían convertido en dos fuertes piernas y en ese preciso instante me di cuenta de que me había convertido en uno de ellos, en uno de esos seres repugnantes y malévolos que dominan el mundo, que se creen dueños de nosotros y nos pueden maltratar a su antojo; en ese mismo instante me di cuenta de que mi frágil alma de perro salchicha se había convertido en un alma humana, como la de mi asqueroso dueño. ¡Mejor así!, pensé en un primer momento, por lo menos no tendría que volver a soportar las palizas y los maltratos de mi amo.

En muchas ocasiones deseé que me abandonara, que me dejase tirado o incluso que me matase, pero por lo menos ahora podría ponerme a su altura, ahora podría plantarle cara ya que, en apariencia al menos, era igual o incluso mejor que él.

Enseguida pude percibir a través de uno de los grandes ventanales de aquella sala que no me había movido de mi propia casa, la lujosa mansión que mi dueño, cómo no, había comprado hacía ya dos años y que, como las otras ochocientas mil que tenía a lo largo del país, formaba parte de su gran herencia que pasaría de generación, en generación y bla, bla, bla, bla…

¿Y de qué le servía eso?

Intenté levantarme y, en contra de que me había parecido a mí al principio, resultó más fácil de lo que yo pensaba.

Gracias a mis largas excursiones por toda la casa y todas mis exploraciones por los más recónditos sitios de aquella mansión en mi vida perruna pude orientarme desde esta extraña perspectiva y altura, la cual aún no dominaba para nada bien.

Mi sorpresa fue que no encontré a mi amo por ningún sitio. Él, que siempre estaba sentado en su enorme sillón, viendo la tele, leyendo el periódico o como él decía “simplemente descansando de su agotadora jornada” (¡Qué vida más ajetreada! Del sillón a la mesa y de la mesa al sillón. Sin pasar por alto las muchas ocasiones que se reservaba para pegarme o reprocharme cualquier tontería, para eso sí tenía tiempo).

La metamorfosis ilustrada por Paco Roca

Decidí no darle importancia, simplemente porque no me importaba qué había sido de él. No por nada en concreto, sino porque a él tampoco le importaría lo que me hubiese pasado a mí si desapareciese de un momento a otro.

Después de toda la mañana dando vueltas decidí ir a ver mi antigua caseta, mi antiguo hábitat. Me llevé un gran chasco cuando nada más llegar vi a un perro de apariencia inquieta que corría de un lado para otro. Evidentemente, el amo ya me había reemplazado, era de esperar. Pobre criatura, parece tan feliz, no sabe lo que le espera. Quizás yo mi primer día también saltaba feliz como una lombriz, pero se me pasó la euforia, mis ojos fueron perdiendo el brillo poco a poco, y con él, mi vida entera fue desvaneciéndose.

Nada más verme, el perrito adorable que me había parecido antes, se transformó en una fiera y empezó a ladrarme como si fuera su peor enemigo. Y no sé en qué momento me di cuenta, quizás fue por su inquietud, por su manera de comportarse, por cómo corría en círculos mordiéndose la cola o, principalmente, por la rabia que tenía contra mí y que le salía a borbotones. El dulce perrito que ahora habitaba mi caseta era el señor de la casa el que, misteriosamente igual que yo, se había transformado de la noche a la mañana.

Y en cierta parte tenía sentido lo que yo decía, porque su personalidad era la misma, sus reacciones contra mí eran las mismas, nunca comprendí por qué sentía tanta rabia hacia mí. La diferencia estaba en que ahora yo tenía la sartén por el mango, y ahora yo podría hacer lo que quisiera con él como él lo había hecho todos estos años conmigo. Pero, la diferencia entre él y yo es, simplemente, todo.

Alba Giráldez (esta metamorfosis de Alba me recuerda un poco a esta de Augusto Monterroso)

Fotograma de Metamorfosis, el cortometraje de Fran Estévez (aquí puedes leer una entrevista en la que habal sobre el rodaje)

LAS MEMORIAS DE LA METAMORFOSIS DEL QUILÓPODO EN BLATODEO

Caminaba como de costumbre por el mismo lugar. Había llovido la noche anterior y yo lo notaba, pues la tierra a esas horas de la mañana seguía húmeda.

Decidí que era hora de salir y me puse a excavar un pequeño agujero en la arena con el fin de encontrarme en unos minutos en el exterior. Pero algo no funcionaba. Desde hacía unos días notaba en mi cuerpo una sensación de transformación: una mengua de mi tamaño y a una sensación de cambio de piel. Ese día me di cuenta. Al intentar excavar vi que me faltaban patas. Mi cuerpo alargado y blando se había convertido en un pequeño segmento cubierto de un cascarón que tenía en su cima dos alas, que por el momento no sabía utilizar. Mis cuarenta y dos patas se habían reducido a seis, y mis antenas, antes largas y enrolladas habían dado paso a unas extremadamente rectas. Me sentía patoso dentro de ese cuerpo que no era el mío.

Lo primero que intenté hacer fue moverme, buscar algo que me pudiera ayudar, aunque era difícil, pues estaba rodeado de tierra por todos los lados. Intenté entonces caminar, hacia ningún sitio, pues parecía que mis patas no reaccionaban a mis señales. Estaba acostumbrado a moverme con aquel cuerpo alargado y ágil, pero este se me hacía pesado. Pensé que la mejor opción era tumbarse y esperar. Intenté cambiarme de posición con la mala suerte de que tropecé y mi cuerpo se giró, quedándome boca arriba, sin ninguna posibilidad de defensa ni de poder levantarme. Gasté todas mis fuerzas en intentar darme la vuelta, hasta que lo conseguí. Me notaba exhausto y cansado y aquel sitio cada vez era más pequeño. Sentía que no podría aguantar mucho tiempo más en aquellas condiciones. Volví por enésima vez a excavar, pero por más que lo intentaba no podía. Aquellas patas, que cuanto más atrás estaban más grandes eran, no se sujetaban lo suficiente a aquella tierra. Sentía que a cada paso mi cuerpo se hundía más. Me puse a investigar cómo funcionarían mis alas. Para mí era algo nuevo y extraño, no sabía cómo estimularlas y encima con aquel cuerpo no conseguía verlas lo suficientemente bien.

La arena se me venía cada vez más encima, me enterraba cada vez más y volvía a sentir que aquel lugar no era el mío, y que necesitaba salir de allí.

Empecé a agitar de forma extraña, mas bien por intuición, mi cuerpo, con la intención de que también se movieran mis alas. Lo intenté con todas mis ganas, hasta que lo conseguí. Noté unas pulsaciones en mi parte superior del cuerpo, ahora dura, y después unas cosquillas. También noté que pesaban más de lo que imaginaba, así que las agité más fuerte.

Sentí entonces un cúmulo de tierra húmeda que caía sobre mí y me enterraba. No pude salir, no pude moverme y sentí cómo se apoderaba de mí un cansancio del que sabía que no iba a recuperarme. Respiré y me dejé ir.

Paula Lago

La metamorfosis por La Fura dels Baus y Javier Daulte

Cuando Gerardo de Diego Montoya abrió los ojos, tras aquella noche de la que él no conservaba recuerdo alguno, no notó nada fuera de lo común. A pesar de haber dormido más de diez horas y de haber ignorado el despertador que había sonado hacía cuatro – durante hora y media y a máximo volumen –, seguía teniendo sueño. Como siempre desde hacía quince años.

Aunque había conseguido separar los párpados después de menos intentos que otras veces, las pestañas de arriba se le pegaban con las de abajo y no era capaz de enfocar bien la vista. Además, tenía la boca reseca por haber dormido con ella abierta. Un rastro de saliva cruzaba su mejilla izquierda desde la comisura del labio hasta el borde de la mandíbula.

Con un leve mareo causa de haber dormido demasiado, se levantó de la cama con el único fin de vaciar la vejiga y avanzó con pasos de zombi hacia el cuarto de baño. Quizá debido al atontamiento mañanero, Gerardo no percibió la repentina ligereza de su cuerpo, ni el peso del pecho, ni ninguno de los cambios físicos que presentaba con respecto a la noche anterior.

LA FURA DELS BAUS LA METAMORFOSIS (Franz Kafka) La habitación en la que se desarrolla la ...

Entrando en el baño pudo haberse dado cuenta al reflejarse en el enorme espejo que ocupaba gran parte de la pared, pero en aquel momento su vista no era demasiado buena y lo único en que pensaba era en llegar deprisa al retrete. También podría haber llegado a la conclusión de que algo fallaba cuando intentase orinar de pie, pero por casualidades de la vida le fue necesario sentarse.

Y pese a que cualquier otra persona capaz de continuar ignorante hasta ese momento habría notado al fin el problema llegado el punto de usar el papel higiénico, Gerardo tenía por costumbre permanecer ajeno a todo lo que lo rodeaba, aunque le afectara directamente. Tampoco era demasiado propenso a hacer ninguna clase de esfuerzo mental nada más levantarse de la cama.

Sin embargo, cuando se plantó frente al lavabo, le pareció que su reflejo tenía un contorno un tanto peculiar, pero le quitó importancia achacándolo a un efecto óptico provocado por la deslumbrante luz de la bombilla en sus ojos legañosos. Esa hipótesis perdió todo fundamento después de lavarse la cara a conciencia y ver con total claridad a la versión femenina de sí mismo devolviéndole la mirada desde el espejo.

Gerardo y su reflejo pasaron unos cuantos segundos, o quizá más de un minuto, mirándose fijamente sin inmutarse. Gerardo no acababa de entender la situación. Era consciente de que se estaba observando a sí mismo, pero al mismo tiempo le parecía estar frente a otra persona. Movió un brazo, cambió la cara, e hizo algunos otros gestos que su reflejo imitaba sólo para convencerse de que era él de verdad. Pero ya lo sabía.

Lo primero que pasó por su mente no fue “¿Por qué?”, pregunta que la mayoría de la gente se haría en esas circunstancias, sino el hecho de que necesitaría un nombre nuevo. Y no sólo eso, tendría que cambiar todos los documentos que estaban a su nombre. Y decírselo a sus padres. Y a su hermana. Y a sus abuelos. Sabía que a su abuelo le haría mucha gracia su nueva condición.

LA FURA DELS BAUS LA METAMORFOSIS (Franz Kafka)

Continuó mirándose en el espejo un poco más. Ya no trataba de asimilarlo, ahora examinaba con atención, todavía forzando los ojos un poco, sus nuevos rasgos. Era obvio que ella era él. Seguía teniendo los mismos ojos oscuros, uno algo bizco; la misma nariz de su padre, aunque tal vez un poco más pequeña; las pecas heredadas de su bisabuela – que salpicaban no sólo la cara sino también brazos y piernas –  y el pelo cobrizo de su familia paterna. Había hecho bien en no cortárselo; la media melena le quedaba mejor en ese momento que antes.

Dejó cierto espacio entre él y el lavabo para poder observar más superficie de su cuerpo nuevo. Había perdido algo de peso, o a lo mejor este se había trasladado a su busto y cadera. En general, tenía menos vello: en el dorso de las manos, en el pecho, en la barbilla… pero el de las piernas permanecía casi intacto. Su cuerpo había tomado forma femenina, pero no de revista. “La naturaleza no hizo a las mujeres así”, recordó que había dicho alguien de la familia en algún momento de su infancia.

Terminado el análisis, volvió a la habitación en busca de su teléfono móvil. En el camino tropezó con su gato, Rondel, que lo miró con superioridad (porque era un gato) y maulló agitando la cola con mal humor. Gerardo masculló una disculpa, lo cogió en brazos y echó mano de su móvil mientras Rondel le clavaba las uñas en el hombro.

Durante unos momentos recorrió todos los contactos del teléfono, pensando en quién sería la persona más indicada para plantearle la situación sin demasiado revuelo. Antes de darse cuenta ya había llamado.

– ¡Hombre, Gerardillo! ¿Qué tal?

Gerardo colgó tan pronto oyó la voz de su madre. No sabía cómo se oiría la suya, y no creía buena idea hablarle a su madre con una voz desconocida. Así que hizo un par de pruebas cantando trozos de canciones y se dio cuenta de que sí, su voz era más aguda. Y llamó a su hermana. Le salió el buzón de voz.

Gerardo resopló y tiró el teléfono encima de la cama. En ese momento le llegó un mensaje. De su hermana: “Estoy en clase. ¿Qué quieres?”. Gerardo empezó a contarle su despertar de esa mañana tecleando lo más rápido que podía. Beatriz debió tomárselo como una tontería de su hermano, lo cual era una suposición lógica, y muy probablemente apagó su móvil.

LA FURA DELS BAUS LA METAMORFOSIS (Franz Kafka)

Desesperado, Gerardo decidió recurrir a la persona más confiable – a su juicio – después de su madre y Beatriz.

– ¿Gerardo?

– Abuelo.

Su abuelo escuchó todo lo que tenía que decir y cuando terminó su relato de la última media hora se echó a reír. Tal y como Gerardo había predicho.

– Si Gregor Samsa se hubiese despertado como tú – dijo –, dudo que ese libro se hubiera publicado.

– ¿Una mujer es peor que una cucaracha?

– Depende de a quién le preguntes. Yo me alegro de que seas mujer y no insecto.

Gerardo se animó después de hablar con él. Siempre había considerado a su abuelo un ejemplo a seguir. Estaba seguro de que en el mundo no había nadie que supiese más de la vida que ese hombre con aspecto de guerrero nórdico. Claro que es lo que se suele pensar de los abuelos, por lo menos al principio.

Los veinte minutos siguientes a la conversación telefónica los dedicó a jugar con su gato y a hacerle fotos, tarea importantísima que consumía gran parte de su tiempo cada día. Él habría seguido otros cuarenta o cincuenta minutos más si no hubiera oído el inconfundible sonido de cierta camioneta vieja debajo de su ventana.

Se puso una bata de cuadros que cogió del armario y abrió la puerta cuando su abuelo llamó al timbre. Venía con otro hombre, algo más joven y no tan grande, ambos cargados con enormes y pesadas cajas de cartón que dejaron en el suelo en cuanto Gerardo se hizo a un lado para dejarlos entrar.

– ¿Cómo está mi nieta favorita? – preguntó con el rostro enrojecido por el esfuerzo.

Francisco de Diego era un hombre de tamaño considerable, que a pesar de la edad seguía en buena forma y conservaba casi todo el pelo. Tenía una barba poblaba que irritó toda la piel del cuello a su nieto cuando le dio un abrazo y unos brazos que casi lo partieron por la mitad.

– Este es Luis – dijo señalando al que lo acompañaba, que saludó con un movimiento de cabeza –. Tenía en casa alguna ropa de su ex mujer y ha pensado que a lo mejor no tenías qué ponerte.

Gerardo dio las gracias al tal Luis, sin preguntarse en ningún momento de qué conocía a su abuelo ni por qué tenía tanta confianza con él como para darle la ropa de su ex mujer a un nieto ajeno que ni siquiera era consciente de su existencia. Tampoco se mostró sorprendido cuando su abuelo lo rodeó cariñosamente con el brazo mientras caminaban de vuelta al ascensor.

Cerró la puerta y observó durante largo tiempo las cajas de ropa que esperaban ser abiertas en la alfombra del recibidor. Los maullidos de Rondel precedieron su llegada por el pasillo y el gato empezó a restregarse ronroneando contra el borde de una de ellas.

Gerardo suspiró y abrió la caja, tomando la actitud de Rondel como un presagio de que allí había algo que merecía la pena.

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Después de haberse vestido con unos vaqueros y una camiseta de manga corta normal y corriente – y de haber descubierto que usaba la misma talla de sujetador que la ex mujer de Luis –, Gerardo decidió que había llegado el momento de salir a la calle.

Lo primero que hizo una vez fuera fue irse a comer un bocadillo a la hamburguesería en la que trabajaba uno de sus mejores amigos, que seguía siendo su persona de mayor confianza – fuera de la familia – a pesar del incidente del día anterior.

Apenas se había sentado en una de las mesas de la terraza cuando salió a atenderle, con el polo rosa del uniforme y la gorra a juego.

– Hola, guapa, ¿qué vas a tomar?

Gerardo lo miró y suspiró con cansancio. Ya habían tenido un montón de veces aquella conversación.

– Ya deberías saber – le dijo – que las personas necesitan respirar entre que se sientan y deciden qué pedir. Pero quiero un bocadillo de tortilla con beicon, como siempre, y de beber, un refresco de limón.

Pablo se lo quedó mirando estupefacto, sin comprender por qué aquella chica que veía por primera vez en su vida le hablaba como si lo conociese de toda la vida. Asintió con la cabeza y se fue, sin siquiera haber apuntado el pedido en la libreta. Aunque tampoco hacía falta, pues las palabras de aquel ser tan maravilloso a sus ojos habían quedado grabadas en su mente.

Gerardo tardó un poco en intuir el por qué de aquella reacción tan densa por parte de su amigo. Después cayó en la cuenta de que su cuerpo ya no era su cuerpo y siguió sin acabar de comprenderlo. Entonces recordó una noticia que había leído no hacía mucho sobre un estudio psicológico que demostraba que los hombres tendían a comportarse de forma más ilógica cuando había mujeres delante. En aquel momento le había parecido una soberana tontería.

Le llevaron el refresco y, mientras esperaba por su bocadillo, se le ocurrió que podría ser interesante ver cómo se comportaban en general los hombres de su círculo ante el nuevo Gerardo. Pero a Pablo lo necesitaba. Aquel chico del que no se había separado desde parvulitos no iba a fallarle ahora.

Al acabar de comer decidió hacer algo con sus piernas mientras el turno de Pablo no acababa y se metió en un salón de estética cercano. Sólo había entrado a preguntar, pero resultó que no había más clientela en aquel momento e insistieron en atenderlo al instante.

Lo mandaron quitarse los pantalones y tumbarse en una camilla. Gerardo había entrado un poco asustado, pero se había tranquilizado un poco pensando que todas las chicas hacían aquello, no podía ser tan malo. Cuando le quitaron la primera banda de cera de la pantorrilla, tuvo claro que no iba a pasar por eso nunca más.

Esa tarde no fue a ver a Pablo. Tras salir de nuevo a la calle, con una desquiciante sensación de hormigueo en las piernas y con la tela de los vaqueros rozando su piel maltratada y enrojecida, quiso volver a casa y meterse de cintura para abajo en agua fría durante mucho, mucho tiempo.

En la esquina de la calle en la que vivía había un bar. Nunca le había prestado demasiada atención, pero esa tarde no pudo ignorarlo. En la puerta, cerveza en mano, había tres hombres de entre treinta y cuarenta años. Uno de ellos, el calvo, miró a Gerardo de arriba abajo y le dio con el codo a uno de los que tenía al lado. El otro silbó. Gerardo no daba crédito.

– Eh, guapa, ¿eres de por aquí?

Era la segunda vez en menos de tres horas que se referían a él con la palabra “guapa”. Si le hubieran preguntado el día anterior si consideraba ofensivo ese tipo de comportamiento él hubiese dicho que no. Pero después de ver la forma en que lo miraban aquellos tres se sintió asqueado. No era un halago, ni un cumplido, ni un intento por hacer que se sintiera mejor consigo mismo.

– ¿Cómo te llamas?

Gerardo los miró con desdén y siguió caminando con paso firme hacia su casa, mientras ellos seguían mirándolo y riéndose. “Cuidado, igual es una feminazi”, oyó que decía uno entre carcajadas. Obviamente no habían intentado elogiarlo en ningún momento.

En cuanto llegó a casa lo primero que hizo fue quitarse los pantalones, suspirando con alivio cuando el aire acarició sus hinchadas e irritadas piernas. Después se deshizo de la camiseta y del maldito sostén, que pese a no estar muy apretado le oprimía el pecho y lo hacía sentirse falto de libertad.

Se puso una camiseta vieja suya, con olor a Gerardo, y llenó la bañera lo justo y necesario para que le cubriera las piernas. Antes de entrar en el agua dio de comer a Rondel y aprovechó para coger una tableta de chocolate que tenía guardada.

Y una vez en la bañera, con el chocolate en la mano, el pelo recogido con una pinza y la camiseta de Transportes Montoya levemente metida en el agua, decidió que ya no iba a ser más Gerardo. Iba a llamarse Frida, o tal vez Virginia, o quizá adoptaría el nombre de alguna de aquellas mujeres que había estudiado en clase y cuya lucha había menospreciado porque según su visión del mundo todo era bonito y maravilloso.

LA FURA DELS BAUS LA METAMORFOSIS (Franz Kafka)

Hasta el día anterior había considerado normal y aceptable todo lo que él acababa de vivir, y a pesar de que ni siquiera llevaba un día entero en un cuerpo de mujer, ya sentía una enorme brecha. Porque él mismo había colaborado manteniéndola abierta. Había permanecido indiferente ante una situación continua de humillación de la mujer como alimento de la dignidad del hombre. Había asimilado completamente el hecho de las mujeres no tuvieran vello corporal, pese a que sí lo tenían y se veían obligadas por un ente invisible a hacerlo desaparecer para resultar atractivas, y no a ellas mismas precisamente. Había estado de acuerdo con que tres hombres en un bar pudieran utilizar el paso momentáneo de una desconocida frente a ellos como un entretenimiento, como si el hecho de que ella entrase en su campo visual les otorgara un derecho divino a decirle lo que les viniera en gana.

Desde el principio había mostrado su apoyo al sistema permitiendo que se considerara a las mujeres meros objetos de consumo por la simple razón de que él no sabía lo que era ser cosificado. Y pese a que sólo se había sentido denigrado hacía unas pocas horas, sentía miedo y angustia al imaginar todas las injusticias que el patriarcado capitalista le había podido ocultar a un hombre blanco heterosexual y que ahora sería libre de hacerle explotar en plena cara.

Pero el silencio lo había hecho cómplice. Así que ahora le tocaba redimirse.

                     Ángela Costas

Todo comenzó la mañana del 20 de Noviembre. Como todos los días Katnish se levantó a las 7:30 de la mañana para prepararse para ir al instituto, pero esta no era una mañana como todas las demás. Cuando se despertó se dio cuenta de que algo había cambiado, ya que le costaba mucho darse la vuelta y sentarse en la cama. Es lo que hacía siempre para ponerse las zapatillas antes de ir a despertar a sus hermanos pequeños.

Cuando consiguió ponerse de pie observó que estaba mirando hacia el techo y que no podía girar mucho la cabeza. Lentamente se fue acercando hacia el espejo que estaba sujeto al armario empotrado que se situaba al lado de la puerta. Cuando observó su cuerpo  delante del espejo, apreció que no era igual que siempre, había cambiado .Su cuerpo era redondo y su espalda estaba cubierta por una especie de caparazón que se abría como si fueran dos puertas  de las que salían una especie de alas que la podían mantener en el aire. Aprovechando que podía volar, se dio la vuelta para observar mejor su aspecto. Descubrió que su espalda era de color rojo y que estaba totalmente completa de lunares del mismo color que llegaban hasta su cabeza tornándola azabache, de la que le salían unas antenas negras.

Su madre, que se levantaba antes que ella para preparar  el desayuno, subió a la planta superior de la casa para llamarla: “¡Katnish,  baja a desayunar!”. Cuando tocó en la puerta, esta se abrió dejando al descubierto el nuevo aspecto de Katnish, que hizo que su madre gritara del susto y más tarde se desmayara dejándose caer en el suelo. Cuando recobró el sentido, se preguntó por qué le había ocurrido eso a su propia hija.

Los días pasaban y Katnish cada vez se iba acostumbrando mejor a su cuerpo. Pero siempre oía a sus dos hermanos pequeños preguntarle a su madre que por qué no jugaba, no cenaba y comía con ellos. Y lo más importante, que por qué ella no les dejaba entrar en la habitación para verla. La madre, disgustada, les respondía que no se encontraba bien y quería estar sola. Un día su curiosa hermana pequeña, Tris, decidió entrar en su habitación junto con su hermano. La acompañó  Tobías . Cuando Katnish los vio se quedó quieta del miedo lo que produjo que los dos hermanos salieran corriendo de su habitación llorando. Cuando le contaron a la madre lo que habían visto, la madre les dijo la verdad y desde ese día no volvieron a entrar en su habitación.

Habían pasado poco más de un mes, cuando la madre de Katnish comenzó a entrar en la habitación de su hija para dejarle comida. Era la primera vez que lo hacía, ya que desde la transformación se la ponía en la puerta y con una escoba se la empujaba hacia adentro. Este avance en el comportamiento de la madre, le producía a Katnish mucha alegría. Por otro lado, cada vez controlaba mejor a su cuerpo y siempre que su madre entraba en la habitación para dejarle la comida, recogerla o simplemente limpiar un poco el suelo por donde andaba Katnish, ella se escondía debajo de la cama cubriendo su cuerpo con las sábanas. Pero se sentía muy sola ya que no podía hablar con nadie ya que cada vez que lo intentaba le salía un pitido muy molesto que nadie entendía. Una mañana su madre descubrió que Katnish la estaba esperando en la cocina, que se acercó a ella despacio para que no se asustase, pero cuando estaba muy cerca, su madre le golpeó con el palo de hierro de la cocina de hierro pensando que le iba a atacar. En ese momento Katnish se cayó al suelo dolorida y se fue volando a su habitación. Esa noche, Katnish no comió nada de lo que su madre le había puesto para comer, como siempre unas hojas de lechuga. Se tumbó en el suelo y se puso a pensar en la reacción que había tenido su madre esa la mañana cuando la encontró en la cocina.

A la mañana siguiente la madre se acercó a la habitación de su hija para pedirle perdón por su comportamiento, pero cuando abrió la puerta  Katnish no estaba escondida debajo de la cama como todos los días ni tenía su cuerpo de color rojo intenso, sino que por lo contrario, estaba extendida sobre el suelo con su cuerpo pálido y con un rostro que transmitía paz.

Uxía Casal

Todo comenzó una fresca mañana de primavera. Nada más despertarme me di cuenta de que mi cuerpo, como flotando en el aire, descansaba sobre una especie de colchón enorme en lo que parecía ser un cuarto adornado en todas y cada una de sus paredes. Quizás demasiado recargado. No tenía ojos en la cara para observarlo todo, pero pronto me percaté de que mis cuatro pequeñas y peludas patitas se habían convertido en dos fuertes piernas y en ese preciso instante me di cuenta de que me había convertido en uno de ellos, en uno de esos seres repugnantes y malévolos que dominan el mundo, que se creen dueños de nosotros y nos pueden maltratar a su antojo; en ese mismo instante me di cuenta de que mi frágil alma de perro salchicha se había convertido en un alma humana, como la de mi asqueroso dueño. ¡Mejor así!, pensé en un primer momento, por lo menos no tendría que volver a soportar las palizas y los maltratos de mi amo.

En muchas ocasiones deseé que me abandonara, que me dejase tirado o incluso que me matase, pero por lo menos ahora podría ponerme a su altura, ahora podría plantarle cara ya que, en apariencia al menos, era igual o incluso mejor que él.

Enseguida pude percibir a través de uno de los grandes ventanales de aquella sala que no me había movido de mi propia casa, la lujosa mansión que mi dueño, cómo no, había comprado hacía ya dos años y que, como las otras ochocientas mil que tenía a lo largo del país, formaba parte de su gran herencia que pasaría de generación, en generación y bla, bla, bla, bla…

¿Y de qué le servía eso?

Intenté levantarme y, en contra de que me había parecido a mí al principio, resultó más fácil de lo que yo pensaba.

Gracias a mis largas excursiones por toda la casa y todas mis exploraciones por los más recónditos sitios de aquella mansión en mi vida perruna pude orientarme desde esta extraña perspectiva y altura, la cual aún no dominaba para nada bien.

Mi sorpresa fue que no encontré a mi amo por ningún sitio. Él, que siempre estaba sentado en su enorme sillón, viendo la tele, leyendo el periódico o como él decía “simplemente descansando de su agotadora jornada” (¡Qué vida más ajetreada! Del sillón a la mesa y de la mesa al sillón. Sin pasar por alto las muchas ocasiones que se reservaba para pegarme o reprocharme cualquier tontería, para eso sí tenía tiempo).

Decidí no darle importancia, simplemente porque no me importaba qué había sido de él. No por nada en concreto, sino porque a él tampoco le importaría lo que me hubiese pasado a mí si desapareciese de un momento a otro.

Después de toda la mañana dando vueltas decidí ir a ver mi antigua caseta, mi antiguo hábitat. Me llevé un gran chasco cuando nada más llegar vi a un perro de apariencia inquieta que corría de un lado para otro. Evidentemente, el amo ya me había reemplazado, era de esperar. Pobre criatura, parece tan feliz, no sabe lo que le espera. Quizás yo mi primer día también saltaba feliz como una lombriz, pero se me pasó la euforia, mis ojos fueron perdiendo el brillo poco a poco, y con él, mi vida entera fue desvaneciéndose.

Nada más verme, el perrito adorable que me había parecido antes, se transformó en una fiera y empezó a ladrarme como si fuera su peor enemigo. Y no sé en qué momento me di cuenta, quizás fue por su inquietud, por su manera de comportarse, por cómo corría en círculos mordiéndose la cola o, principalmente, por la rabia que tenía contra mí y que le salía a borbotones. El dulce perrito que ahora habitaba mi caseta era el señor de la casa el que, misteriosamente igual que yo, se había transformado de la noche a la mañana.

Y en cierta parte tenía sentido lo que yo decía, porque su personalidad era la misma, sus reacciones contra mí eran las mismas, nunca comprendí por qué sentía tanta rabia hacia mí. La diferencia estaba en que ahora yo tenía la sartén por el mango, y ahora yo podría hacer lo que quisiera con él como él lo había hecho todos estos años conmigo. Pero, la diferencia entre él y yo es, simplemente, todo.

Alba Giráldez

LAS MEMORIAS DE LA METAMORFOSIS DEL QUILÓPODO EN BLATODEO

Caminaba como de costumbre por el mismo lugar. Había llovido la noche anterior y yo lo notaba, pues la tierra a esas horas de la mañana seguía húmeda.

Decidí que era hora de salir y me puse a excavar un pequeño agujero en la arena con el fin de encontrarme en unos minutos en el exterior. Pero algo no funcionaba. Desde hacía unos días notaba en mi cuerpo una sensación de transformación: una mengua de mi tamaño y a una sensación de cambio de piel. Ese día me di cuenta. Al intentar excavar vi que me faltaban patas. Mi cuerpo alargado y blando se había convertido en un pequeño segmento cubierto de un cascarón que tenía en su cima dos alas, que por el momento no sabía utilizar. Mis cuarenta y dos patas se habían reducido a seis, y mis antenas, antes largas y enrolladas habían dado paso a unas extremadamente rectas. Me sentía patoso dentro de ese cuerpo que no era el mío.

Lo primero que intenté hacer fue moverme, buscar algo que me pudiera ayudar, aunque era difícil, pues estaba rodeado de tierra por todos los lados. Intenté entonces caminar, hacia ningún sitio, pues parecía que mis patas no reaccionaban a mis señales. Estaba acostumbrado a moverme con aquel cuerpo alargado y ágil, pero este se me hacía pesado. Pensé que la mejor opción era tumbarse y esperar. Intenté cambiarme de posición con la mala suerte de que tropecé y mi cuerpo se giró, quedándome boca arriba, sin ninguna posibilidad de defensa ni de poder levantarme. Gasté todas mis fuerzas en intentar darme la vuelta, hasta que lo conseguí. Me notaba exhausto y cansado y aquel sitio cada vez era más pequeño. Sentía que no podría aguantar mucho tiempo más en aquellas condiciones. Volví por enésima vez a excavar, pero por más que lo intentaba no podía. Aquellas patas, que cuanto más atrás estaban más grandes eran, no se sujetaban lo suficiente a aquella tierra. Sentía que a cada paso mi cuerpo se hundía más. Me puse a investigar cómo funcionarían mis alas. Para mí era algo nuevo y extraño, no sabía cómo estimularlas y encima con aquel cuerpo no conseguía verlas lo suficientemente bien.

La arena se me venía cada vez más encima, me enterraba cada vez más y volvía a sentir que aquel lugar no era el mío, y que necesitaba salir de allí.

Empecé a agitar de forma extraña, mas bien por intuición, mi cuerpo, con la intención de que también se movieran mis alas. Lo intenté con todas mis ganas, hasta que lo conseguí. Noté unas pulsaciones en mi parte superior del cuerpo, ahora dura, y después unas cosquillas. También noté que pesaban más de lo que imaginaba, así que las agité más fuerte.

Sentí entonces un cúmulo de tierra húmeda que caía sobre mí y me enterraba. No pude salir, no pude moverme y sentí cómo se apoderaba de mí un cansancio del que sabía que no iba a recuperarme. Respiré y me dejé ir.

Paula Lago

 

Gregor, ¿sigues ahí? (Parte IV)

¡Claro que sigue aquí! Estas son vuestras transformaciones inspiradas en la de Kafka:

(Imagen extraída de aquí)

Aquela era unha noite de xaneiro coma outra calquera. Ao igual que todos as xornadas, o caos que durante o día reinaba na cidade quedaba reducido a unha calma que semellaba inquebrantable: o tráfico era cada vez menos fluído, o silencio case lograba substituír ao tan molesto pero inevitable ruído e a urbe, invadida pola tranquilidade, íase sumindo pouco a pouco nun profundo sono.

Mais esta quietude non se estendía de forma homoxénea xa que, no edificio onde Lucía e Roi vivían dende uns meses atrás (como en moitos outros), a paz era interrompida polos berros da rapaza, que, como cada día, tremía ao ver que a súa parella a ameazaba coa man en alto sen ningún pretexto.

Á mínima oportunidade, ela saíu correndo para atopar refuxio no cuarto de baño e pechou a porta con chave mentres as bágoas se precipitaban dende os seus ollos ata o seu queixo como unha bátega. Viuse no espello e observou dúas mazaduras, unha na meixela dereita, onde lle pegara de forma estoica coa man aberta, e outra no pescozo, por onde a tivera présa obrigándoa a escoitar os numerosos insultos que degradaban a súa condición de ser humano. Sabía que dificilmente as podería ocultar con maquillaxe e pensaba no irónico que era recibir agora golpes onde el antes a bicaba. A pesar de todas as feridas, o sufrimento físico seguía sendo un grao de area e o psicolóxico un deserto enteiro.

Inexplicablemente, este feito xa era tan común na vida de ambos que semellaba unha tradición. Os seus veciños eran conscientes do que ocorría cada día naqueles metros cadrados pero, ao mesmo tempo, eran tan cobardes que, cada vez que comezaban os gritos, limitábanse a esperar que cesasen agochando as orellas coas mans mentres se laiaban por Lucía, sen decatarse de que calando xa se converteran en cómplices da súa dor.

Canso e farto de bater na porta, Roi abandonou toda a esperanza de que a súa moza volvese aparecer tras a porta perdoándoo por ter perdido os nervios. Seguía escoitándoa chorar pero o seu carácter orgulloso non lle permitía desculparse así que, como último acto egoísta da xornada, decidiu deitarse na cama e deixar que o sono o vencese sen remordemento algún.

De repente, no medio da noite espertou angustiado sen saber certamente se seguía ou non soñando. Notaba a face danada e sentía como se levase posto un colar que lle provocaba unha intensa dor ó redor de todo o pescozo. Supuxo que serían efectos colaterais inevitables do traballo e seguiu durmindo. Cando acordou de novo, xirouse cara a súa esquerda pero non viu as costas de Lucía iluminadas polos primeiros raios do sol, tal como el esperaba. No seu lugar só había frío, nada máis.

Comezou a pensar no que sucedera na noite anterior mais nunca sen chegar a comprender totalmente a Lucía. De feito, non era a súa ausencia o que o alarmaba, senón o feito de non atopar esa mañá o almorzo preparado enriba da mesa da cociña.

Namentres, notaba o seu corpo estraño pero non podía dicir por que dende a profundidade da súa cama. Cos ollos aínda medio pechados, ergueuse e dirixiuse cara a porta do roupeiro, onde estaba pendurado un espello de corpo enteiro. Cando se reflexou nel non podía crer a imaxe que este lle devolvía:

Nada na súa persoa permanecía igual que sempre. Os peitos e o seu novo sexo eran a evidencia máis clara para poder afirmar, sen precisar de estudos de anatomía humana, que a súa mente estaba encerrada nun corpo de muller. Pero ademais, a súa barba disipárase ao igual que o resto do pelo corporal; as súas costas e o seu pescozo volvéranse máis finos, ó contrario das cadeiras, e este último xa non conservaba o vulto formado pola noz. Por outra parte, as mans coas que exploraba a súa nova fisionomía lucían máis suaves e un verniz vermello escuro cubría o que antes eran unhas uñas extremadamente roídas.

Pero o que máis lle  impresionou a Roi da súa metamorfose non foi o feito de terse convertido nunha muller, senón converterse en Lucía. Levaba o seu cabelo longo e roxo recollido nunha trenza como as que adoitaba facer ela para estar na casa e mesmo locía uns pendentes que el lle regalara tras unha das súas discusións máis fortes.

De súpeto, alguén irrompeu pola porta cortando en seco os seus pensamentos. Era a primeira vez que podía verse a si mesmo por completo sen necesidade dun espello ou dunha fotografía. O seu antigo ser avanzaba cara el con xesto ameazante e, de forma violenta, agarrouno polo pescozo xa ennegrecido do día anterior. Ao mesmo tempo levantou a outra man á altura das súas meixelas e non precisamente con intención de acariñarllas.

Foi nese mesmo instante, baixo o poder da forza e da violencia, cando por fin comprendeu que o único que os mantiña xuntos non era o amor, senón a dependencia de Lucía respecto a el. Ademais, a pesar de que en realidade xa o sabía, caeu na conta de que non só tiña perdido a súa condición de home, senón de persoa dende o primeiro momento no que se aproveitou da súa precaria situación económica para conseguir o que quería, sen importar onde, cando ou como.

Agora entendía o que supoñía ser un maltratador. Agora entendía que ela levaba moito tempo sendo forte. Pero agora, era demasiado tarde.

Sara Cruces

Una capa de sudor cubre mi frente, mis manos se transforman en garras y mi boca se abre de un solo movimiento. Grito con todas mis fuerzas porque el dolor es horrible. Mi vista se vuelve borrosa, pierdo el control de mi cuerpo y grito sin control.
Me hallo agonizante, recluida en la esquina de una celda, en posición fetal y cubriendo mi cabeza con mis largas uñas. Convulsiono al compás de cada espasmo, estiro el brazo y trato de alcanzar las gruesas rejas que protegen mi cárcel, sin embargo no lo logro. Grito por ayuda con desesperación, angustia e ira.
Siento mucho miedo, es más estoy horrorizada porque dentro de unos minutos dejaré de ser humana. Me convertiré en el peor de los monstruos, en una criatura salvaje, abominable y deseosa de probar carne fresca.
Solo de pensar en lo que anhelaré comer se me revuelve el estómago y me dan arcadas que amenazan con devolver la comida que acabo de comer. No quiero ser un engendro, un ser deforme, un esperpento al que todos temerán.
La garganta me arde, me pica sin cesar y me produce una tos extraña. Observo una gota de sangre deslizarse sobre el suelo con rapidez. Mis ojos se agrandan con miedo, mi corazón late vertiginoso, mi respiración es irregular y mi pulso se ha disparado de una manera anormal. Intento incorporarme para ver la herida que sangra, pero apenas puedo arrastrarme un par de centímetros antes que me derrumbe sin fuerzas en el piso.
Entonces me doy cuenta que el sangre sale de mi boca, asimismo de mis oídos como de mi nariz. Aspiro con brusquedad, pero me es imposible respirar correctamente. Mi cabeza cae y produce un gran ruído al chocar con el cemento. Mi mirada se clava en las rejas, en lo que está en el exterior. Mi visión se nubla poco a poco y lentamente cierro los ojos.
Abro los ojos, levanto la cabeza, me inclino hacia atrás, llevo mis garras al piso y me estiro. Mis patas se retuercen, mis caderas sobresalen, mi vientre tiene una forma cóncava y mis costillas crean un despliegue en mi pecho desnudo. Soy muy delgada, pálida y sucia. No oigo latido alguno que provenga de mi corazón. Ya no soy humana, al contrario soy algo más y quizás peor.
Me pongo en pie de un salto, estudio lo que me rodea y mi vista se pasea por mi celda. Observo cada partícula de polvo y descubro colores que antes no sabía que existían. Una risa macabra brota de mis entrañas mientras me balanceo  y araño las rejas que se encuentran a mi costado.
Disfruto con lo que soy capaz de hacer, por mi fuerza, mi rapidez, mi flexibilidad…
Miro a una persona andando por el pasillo, supongo que es un guardia, me lanzo contra las rejas, me prendo de ellas y las hago pedazos con mis garras. Son tan frágiles que no debo esforzarme en lo más mínimo para destruirlas. Corro hasta mi victima y ataco su cuello. La sangre inunda mi boca al instante, bebo con avidez y me sorprendo al descubrir cuánto me gusta.
Entonces me doy cuenta que no puedo huir de lo que soy, por más que me cause repulsión, ya es demasiado tarde para revertir mi destino.

Jéssica D. da Silva Teixeira

El alba anunciaba el comienzo de un nuevo día. Se podían oír las ramas de los árboles bailar al compás del viento, acompañando la brisa fresca propia de las mañanas de verano. Se podía percibir cómo el canto de los grillos iba cediendo a medida que el cielo se iba aclarando. Si uno se concentraba podría incluso escuchar cómo las ardillas con desesperación roían las nueces y las bellotas que encontraban a su paso.

No obstante, esa mañana había cambiado algo. Aileen abría un ojo con lentitud y al segundo el otro, pestañeando a la par y con ritmo pausado. Cuando aún tumbada ya examinaba con la mirada su alrededor, una multitud de preguntas barrieron su mente: ¿dónde estaba?, ¿qué había sucedido?…

Sin ninguna pista que resolviese sus dudas, decidió incorporarse. Al hacerlo, algo llamó su atención; se hallaba en el suelo de un bosque, un bosque tan luminoso y verde que cegaba al contemplarlo. Se encontraba sola, rodeada de flora y posiblemente fauna, puesto que por algún motivo extraño podía sentir los corazones latir y la respiración acelerada de los animales que la observaban ocultos. Cuando consiguió incorporarse contempló su cuerpo, ahora mucho más bello y exuberante. Este estaba envuelto en un vestido pronunciado y de seda, que tenía un tacto peculiar. A pesar de que esta prenda era larga y cubría sus pies y había un círculo invisible de suelo a su alrededor, Aileen pudo percibir que llevaba puesto una especie de zapatos de tacón bajo que se enredaban en sus ahora largas y esbeltas piernas. En su cabeza lucía una diadema de preciosas flores en dos tonalidades: blanco y verde.

Sin embargo, en el momento en el que la bella Aileen se dispuso a dar el primer paso, perdió el contacto con el suelo y se elevó unos palmos de él. Alarmada, dirigió la mirada hacia su espalda; lo que sus ojos vieron, la conmovió. Tenía dos alas tan grandes como las de un fénix, transparentes como el agua y de un resplandor único. Tal vez fue la conmoción que le produjo dicha imagen o la falta de equilibrio con sus nuevos zapatos lo que provocó que se desmayase. Al hacerlo, golpeó su cabeza contra una piedra saliente. Se durmió, y esta vez profundamente y para siempre.

Alba Ferreira

La tarde noche del 26 de marzo no asemejaba nada especial para Francisco, llegaba del gimnasio de trabajar tren inferior, la parte que le  resultaba más aburrida, y se metía en la ducha con la agradable sensación de haber completado el día con todas sus obligaciones cumplidas .Tras secarse y meterse en el pijama, era la hora de cenar. Hoy le tocaban 200 gramos de pollo a la plancha, una ensalada de atún, un batido de whey protein y 2 yogures desnatados. Esa cena tan completa ya se había convertido para el en algo en algo cotidiano y esencial que necesitaba para sentirse “normal” día a día .Todos los días Francisco cenaba solo ya que sus padres y su hermana se encontraban viendo la tele después de cenar. Ya les había pedido varias veces que le esperaran para cenar en familia pero siempre contestaba su padre de forma negativa ya que llegaba cansado de la fábrica .Al acabar de cenar, dio las buenas noches a su familia y se fue a dormir. A  las 5 de la madrugada  Francisco se despierta de repente, intenta volver a dormirse cambiando la posición de su fornido cuerpo, pero algo extraño se lo impide. Lo vuelve a intentar. Unos chirridos hacen eco y despiertan a sus padres que vienen rápido a ver qué pasa. Al entrar en la habitación su padre se asombra y su madre se desmaya ¿Qué ha pasado? trata de preguntar Francisco con una voz robótica y fría, incomprensible para su padre, que va rápido a tocarle y verificar lo que sus ojos perciben. Francisco tiene a su padre delante, al que ve con una serie de números alrededor que parecen indicar sus medidas,  su nombre y algún antecedente de su juventud completan la información .Inmediatamente, Francisco trata de levantarse y su padre se lo impide mientras saca su teléfono para hacer una llamada. Sigue intentando levantarse haciendo un alarde de fuerza que su padre no logra parar. Se observa el cuerpo lleno de acero y cableado en el espejo. No da crédito a lo que ha pasado.  De repente un hombre le apunta con una especie de pistola. Es Jose el tapicero amigo de su padre. Antes de darse cuenta de lo que pretendía cae al suelo. Cuando se levanta está rodeado de periodistas que se alertan los unos a los otros. Cuando enciende sus ojos, intenta moverse pero está sujeto a algo. Unos ingenieros tratan de explicar lo que ha pasado. También lo hacen dos médicos y el mecánico del pueblo, que le está hurgando en las rodillas. Siente que la angustia le invade cuando el mecánico toca un cable que hace que vuelva a apagarse.
Cuando vuelve a despertarse se encuentra en una jaula rodeado de cientos de cámaras y de personas que pujan por un objeto, 200.000 es la cantidad que ha pagado un coleccionista de O Cerquido de coches de lujo por Francisco. Se vuelve a apagar.
Francisco es trasladado a un salón del motor, donde es expuesto en una habitación de cristal. Sigue en este lugar 67 años después del día de la metamorfosis. No sabe nada de su familia desde aquel día, ni de sus amigos. Ninguno le ha ido a visitar nunca. Un buen día, su exhibición deja de recibir visitas y es vendido al mejor postor. Esta vez a un taller que necesita piezas para reponer los vehículos. Su precio, 300 €.

Antonio Freire Puy

Estatua del escultor Jaroslav Roná en homenaje a Franz Kafka, develada en Praga el 4 de diciembre de 2003

Estatua del escultor Jaroslav Roná en homenaje a Franz Kafka

Esa mañana me desperté extraña, ajena a todo lo que había a mi alrededor. Recordaba el doloroso impacto contra el agua, como si mil cuchillos rompieran y separaran cada parte de mi cuerpo en pedazos. Aquella mañana, sin duda, era diferente.

Desperté sintiéndome libre e indomable, infinita, y con la sensación de que en mi interior se movía algo. Decidí observar detenidamente el lugar del que procedía aquel ‘malestar’. En ese momento vi que mi piel ya no era lo que suponía encontrar, sino que se trataba de una fina capa transparente y cristalina, sin fin alguno, y que dejaba al descubierto todo tipo de fauna marina: tortugas, estrellas, caracolas, peces… Pero el fondo era tan oscuro e indivisible como mi propia alma humana.

Dirigí la mirada hacia arriba y me detuve en el horizonte; el sol comenzaba su larga jornada de trabajo y  a lo lejos se podía divisar una pequeña playa, donde solía pasar mis  interminables tardes de verano observando el mar. Intenté salir del agua, dirigirme hacia allí, pero no sentí mis pies, quizás porque se habían desvanecido, y con ellos  poco a poco el resto de mi cuerpo.

Empezaba a recordar el porqué de mi situación: angustiada y cansada de mi lamentable vida, tomé la decisión de dejarla atrás y lazarme al mar, o mejor dicho, fusionarme con él. Ahora tenía todo lo que anhelaba: libertad , tranquilidad y una infinidad por recorrer.

La soledad en ocasiones puede convertirse en una prisión, por el contrario, en otras, en una liberación.

Iria López

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La metamorfosis hecha danza

RECUERDOS PARA PAPÁ

“¡¡Ring, ring, ring!!” Otra vez suena el despertador a las 8 de la mañana. Estiro mi brazo para pararlo aún con los ojos cerrados, pero entonces me percato de que mi brazo ya no es como lo era la noche anterior cuando me fui a dormir, ahora se trata de una pequeña patita negra y aparentemente frágil. Pero esto no es lo único que ha cambiado. Mi otro brazo también se ha convertido en otra patita, al igual que mis dos piernas. Mi cuerpo, antes esbelto y blanco como la nieve, ahora es negro, dividido en dos partes unidas por otra más estrecha. Siento mi vista cambiada, pues veo todo con demasiado detalle las cosas pequeñas pero borrosas las grandes. Me siento rara, como si no fuera yo misma. Miro hacia abajo y veo cómo las mantas se han ido cayendo a lo largo de la noche porque no podían tapar mi minúsculo cuerpo. Es entonces cuando me veo reflejada en el espejo del armario. Mi reflejo me devuelve la mirada de una diminuta hormiga. Su mirada me transmite miedo e incertidumbre y después de un tiempo observándola caigo en la cuenta de que es mi propio reflejo. Me he convertido en una horrible y diminuta hormiga. Con el asco que me dan y ahora soy una. Me quedo un largo rato observando mi nuevo y nauseabundo reflejo y pienso “¿qué habrá sido de mi larga melena negra, de mis grandes ojos azules y de mis labios rojos como la sangre?” Todo mi ser se ha convertido en una horrible y asquerosa hormiga. Cuanto más lo pienso más asco me doy a mí misma.

En este momento caigo en la cuenta de que como no me levante mi madre vendrá a llamarme. ¿Cómo reaccionará? ¿Se dará cuenta? A medida que pasan los minutos lentamente, todos mis miedos crecen hasta que no puedo quedarme tranquila y quieta en cama y necesito salir de aquí, por lo que decido levantarme y escapar lo más rápido que pueda de aquí. Mi primer impulso es ponerme de pie, pero al momento en que lo consigo me doy cuenta de que mis patas traseras no aguantan el peso de mi cuerpo, así que me caigo. A continuación, decido apoyarme sobre mis cuatro patitas, al igual que las hormigas de verdad. Así, consigo levantarme y comenzar a andar. Mis pequeñas patas se mueven con una agilidad y una rapidez realmente impresionante, aunque a pequeños pasitos. Me subo a la mesilla de noche y empiezo a sortear los numerosos objetos que aquí tengo: unos libros, joyas, cajas, un vaso y mis tan queridos peluches. Cuando por fin consigo llegar al final de la mesilla pienso en saltar para poder llegar al suelo, pero entonces caigo en la cuenta de que probablemente mis delgadas patas no resistirían al impacto. Así que empiezo a pensar como si fuera una verdadera hormiga.

Una de las ilustraciones para La metamorfosis en la edición de Nórdica Libros.

¿Qué haría una en mi lugar? Me viene entonces a la mente la imagen de una hormiga reptando por una pared desafiando a la gravedad, así que decido hacer lo mismo. Me apoyo contra el borde y me dejo caer lentamente con miedo, mis patas se agarran con fuerza a la lisa superficie y pasito a pasito consigo llegar a abajo. En el instante en el que consigo posar mis cuatro patas en el suelo sale de mi boca un largo y profundo suspiro de alivio. Rápidamente me pongo a correr hacia la puerta, pero las numerosas motas de polvo impiden mi avance. Me siento como si corriera por un prado lleno de hierba más alta que yo que no me dejan ver mi destino. Finalmente, tras mucho esfuerzo, consigo llegar a la puerta. Estoy a punto de pasar por debajo de la puerta cuando decido echar un último vistazo a mi cuarto, este particular refugio que me ha salvado y protegido en las numerosas borracheras de mi madre. En la pared de en frente, veo la enorme ventana y, debajo de esta, mi enorme escritorio con muchísimos objetos encima, tantos que desde mi punto de vista no puedo diferenciarlos todos claramente. En la pared de la derecha veo mi tan amada cama y, encima de esta, las estanterías con mis libros favoritos que tanto me han aportado y enseñado. En la otra  está mi enorme armario que nunca llegará a estar lleno, debido a nuestra mala situación económica. Por último, al lado del armario, ve o un largo cuadro con varias fotos mías con mis amigos y mi madre. En medio del cuadro se puede ver un hueco vacío, esperando una foto en la que apareciera mi padre conmigo. De repente, me invade la tristeza más profunda y dolorosa y me vienen a la cabeza lejanos recuerdos en los que yo espero todas las noches delante de la puerta, al igual que un ansioso perro a su dueño, a que ésta se abra y aparezca ese hombre al que un día había llamado papá y que un día se había ido y no aún no había vuelto. De pronto, un sollozo lejano me saca de mi ensoñación y me doy cuenta de que diminutas lágrimas caen de mis ojos, pero con un gesto de cabeza consigo sacármelos y decido ir a ver de dónde viene ese llanto. Cruzo la puerta con un dolor insaciable en mi pequeño pecho y empiezo a cruzar el pasillo. A mitad de camino me paro en seco, pues el misterioso sollozo proviene del baño. Siento que no debería entrar a ver pero la curiosidad puede conmigo y decido entrar en él. Sentada en el baño veo a mi madre totalmente destrozada con la botella de whisky en la mano. Llora desconsoladamente mientras bebe con ansia, como si quisiera ahogarse en alcohol. Me quedo viéndola con pena y recuerdo lo maravillosa que era antes de un hombre al que yo llamaba papá le arruinara la vida y le destrozara el corazón. Tras un tiempo observándola me doy cuenta de que con algunos tragos, traga unas pastillas. Entonces deduzco qué es lo que está intentando. Mi corazón se ve invadido por el dolor y la desolación más fuertes que nadie es capaz de soportar. Mis pequeñas y frágiles patas comienzan a temblar y me desmorono en el frío suelo. Pero ya no siento nada, solo escucho el suave sollozo de mamá que me acuna en mi propio mar de lágrimas. Finalmente, escucho que el llanto se detiene y me imagino que ha llegado el final. Levanto la mirada y veo el cuerpo inerte de mi madre cayéndose hacia mí, como si quisiera abrazarme. No me muevo, no merece la pena. Mi último pensamiento es para papá por haber hecho esto. Solas y juntas como ha sido siempre mi madre y yo soltamos nuestros respectivos últimos suspiros y nos fundimos la una en la otra. Una hormiga y una hermosa mujer destrozadas.

Lara Alonso González

Jael se despertó un 17 de Julio como otro cualquiera en la cama de su habitación, en un apartamento a las afueras de Barcelona. Esto no era decir mucho, ya que, como todos los demás apartamentos, se encontraba en condiciones precarias pese a los constantes intentos de Jael de hacerlo un lugar habitable y agradable al que poder llamar hogar. Pero esto no le importaba, mientras tuviese un lugar en el que trabajar. En esa misma habitación se podía ver su zona de trabajo. No era gran cosa, desde luego. Una mesa de madera de cuatro patas con un papel doblado 6 veces para evitar que se tambaleara, una silla de plástico azul oscuro, y una papelera de plástico de color gris a rebosar de papeles arrugados. Sobre la mesa se encontraba un folio con algunos bocetos de dibujo, bocetos con la estructura de un cómic, y a su lado, una hoja de menor tamaño en la que estaban escritas las acciones de cada viñeta. En la esquina de la mesa había una lámpara cuyo cable daba al único enchufe de la sala y un lapicero con mucho material de trabajo en él. Bolígrafos y subrayadores de diversos colores y tonalidades, lápices de grafito de diferente dureza, una regla de 15 centímetros, algunos lápices de colores (de entre los cuales el azul marino y el violeta estaban especialmente desgastados), una goma de borrar cilíndrica y un portaminas. En la otra esquina de la mesa, descansaba un archivador de color negro decorado con stickers hechos a mano, la mayoría de personajes ficticios.

Página de la vida de Kafka dibujada por Robert Crumb, publicada por La Cúpula.

Página de  Kafka  (publicada por La Cúpula) dibujada por Robert Crumb El libro está escrito por  David Zane Mairowitz. Aquí hay una interesante reseña del mismo.

Sobre aquel pequeño escritorio se encontraba una ventana con vistas al centro de Barcelona. Todos aquellos altos edificios y coloridos carteles contrastaban con la habitación de Jael. Entre los edificios se coló la luz del sol, llegando hasta el apartamento del joven. Esto molestó a su visión, que todavía no se había acostumbrado a la luz. Abriendo los ojos, lo primero que vio fue la bombilla apagada que colgaba de un cable en el techo. Estiró su cuerpo y dio un largo bostezo. Sentía un poco de frío en la mitad superior de su cuerpo. Palpando las sábanas, se dio cuenta de que estaba medio destapado, debido a su costumbre de moverse dormido. Perezosamente se asomó al borde de la cama y echó un vistazo al suelo. En él reposaban su destartalado teléfono móvil, sus zapatillas y un libro bastante grande con el título Doctor Sueño escrito en letras con forma de humo con un marca-páginas por la página 418. Recordó cómo se había acabado durmiendo el día anterior. Su espalda apoyada en la cabecera de la cama con el libro de Stephen King entre sus manos, tan sólo interrumpido por momentos por mensajes de texto que sonaban en su móvil. Recordando esto último, alargó su brazo hasta el teléfono y, todavía con un ojo abierto y otro cerrado lo encendió. Vio en él la fecha y la hora, las 8:24 a.m. Desbloqueó el teléfono, y lo primero que le mostró éste hizo que se le dibujase una tímida sonrisa y que por un momento se olvidase de lo mucho que había tardado en cargar el móvil. Una conversación con una chica cuyo nombre figuraba en la parte de arriba del teléfono junto con un corazón. Los últimos mensajes eran de ella, deseándole buenas noches y cerrando con un “te quiero”. Recordar esas palabras siempre le producía una sensación extraña que no estaba seguro de qué era, pero sabía que le agradaba.

Otra ilustración de Robert Crumb

Ya dejando el móvil en el suelo de nuevo, entre el libro y las zapatillas, se percató de algo. Veía su mano más blanca de lo normal. Se frotó los ojos y la volvió a ver. Cuando su vista se esclareció, pudo ver que ahora su mano estaba cubierta por un blanco y suave pelaje. Evidentemente, esto sorprendió al joven Jael. Siguiendo su brazo desde la muñeca hasta lo que alcanzaba a ver del hombro, descubrió que ese pelaje continuaba por todo su brazo. Y no sólo eso, su torso también estaba cubierto de ese pelaje. No había perdido su forma. Sus manos seguían teniendo ese regalo de la evolución que son los pulgares y su cuerpo todavía mostraba signos de ser saludable y entrenado, igual que antes. “Necesito un espejo” fue lo primero que pensó Jael mientras se destapaba. Poniendo los pies en el suelo, volvió a notar una diferencia. Dirigió la mirada hacia abajo y vio que sus pies habían cambiado más que sus manos. Ahora estos eran similares a los de algún mamífero, cubierto con blanco pelaje al igual que el resto de su cuerpo. La longitud no había cambiado, pero eran más anchos y ahora poseía 3 únicos dedos, más grandes que los que antes tenía. Confuso, Jael llevó su mano derecha a la cabeza, gesto que tenía por costumbre cada vez que no entendía algo y que había realizado más de una vez durante las clases de matemáticas en su instituto. Pero al contrario que en aquellas clases, esta vez ocurrió algo distinto. Su movimiento se vio interrumpido por algo rígido que se encontraba sobre la cabeza, fuera del alcance de la vista de Jael. Ya harto de tanta confusión se levantó y se dirigió al cuarto de baño, para poder ver en el espejo sobre el bidé su aspecto. Lo pudo hacer sin demasiada complicación, ya que su cuerpo, aún con cambios, seguía siendo antropomórfico, lo cual le facilitaba la tarea de moverse. Por fin, pudo ver su aspecto real. La sorpresa fue tal, que por un momento retrocedió y dio con la espalda en la pared, apoyándose en esta, ya que las piernas le temblaban demasiado como para hacerle caso y mantenerle en equilibrio. Su cara era ahora como la de una especia de cabra. Tenía hocico justo en frente de los ojos, dos cuernos (los mismos que antes le habían impedido mover su mano) se cernían sobre su cabeza, y dos largas y peludas orejas caían desde sendos lados de su cara hasta los hombros. Además, su perilla no había desaparecido. Seguía ahí, aunque totalmente blanca. Él en su totalidad estaba cubierto de aquel pelaje. Aquel blanco, suave y confortante pelaje.

Le llevó un rato hacerse a la idea de que su cuerpo era ahora así. Giró su cabeza a los lados mientras miraba al espejo para poder verse mejor, primero a la derecha, luego a la izquierda. Miró su torso, el cual, salvo por el pelaje, seguía asemejándose al original. Intentó verse de espaldas lo que pudo, con miedo a que hubiese algún cambio que no hubiese notado. Nada, tan sólo una pequeña cola peluda, no de más tamaño que su mano, que  intentó mover en un intento exitoso de controlar su nuevo cuerpo.

Sin embargo, la sorpresa de Jael no se debía sólo a su nuevo aspecto, sino a otra razón. Con algo más de calma intentó salir del cuarto de baño. Le tomó dos intentos, ya que la primera  vez sus cuernos golpearon contra la parte superior de la puerta, cosa que no había ocurrido al entrar porque iba con más prisas y el cuerpo algo encorvado. Se acercó a su lugar de trabajo, abrió el archivador decorado con stickers y empezó a pasar hojas. Pasó rápidamente la primera mitad del archivador, llena de trabajos escritos, análisis de historias y algunas suyas propias. Tras esto llegó a una parte donde había varios dibujos, mezclados los bocetos con los aquellos hecho con esfuerzo. Fue ojeando cada folio por ambas carillas, y finalmente, encontró lo que buscaba. Un dibujo de un personaje perteneciente a uno de sus cómics, junto con algunos bocetos del mismo. Bajo el personaje se podía leer su nombre y las palabras Hopes and Dreams , escritas con una caligrafía que nadie diría que pertenecía a Jael. El personaje en cuestión era exacto a la criatura en la que se había convertido Jael, (aunque en dibujo quedaba mejor). Una cabra antropomórfica de corto pelaje blanco y suave, igual que el suyo ahora. En los bocetos siguientes se podían ver algunos breves cómics en los que aparecía el personaje, normalmente acompañado de otros de similar extravagancia.

Aún sin acabar de asimilar lo que había pasado, volvió al espejo para volver a verse. “Oye, pues en realidad, no me sienta tan mal” pensó. Examinando su cuerpo, no le acabó de disgustar. Al fin y al cabo, era la encarnación de su personaje, no parecía precisamente un monstruo. A su parecer, su aspecto había cambiado, pero no había empeorado necesariamente. La mayoría de su cuerpo era igual que antes, salvo por el pelaje, y la cara, lejos de dar un aspecto terrorífico, a él le gustaba bastante. De repente, un pensamiento interrumpió su optimismo. La chica con la que había estado hablando la noche anterior, aquella persona tan importante para él, ¿opinaría lo mismo? Claro quiso pensar que, mientras él se sintiese a gusto, no importaba lo que pensasen los demás, pero ella era una excepción. La excepción. La única persona cuya opinión para él importaba realmente. Pensó en todas las veces que ella le decía “¿Me dejas ver tus dibujos?” mientras él lo intentaba impedir diciendo “Je, je… No te gustarían, son… algo extraños, por así decirlo”. Y era verdad. No le gustaba enseñar sus dibujos o sus cómics, o cualquier cosa que estuviese dentro de aquel archivador a nadie precisamente por esa razón. Sabían que tenía un gusto extraño, y no quería que ella le viese como un bicho raro, por esa razón lo ocultaba. Por primera vez desde hace mucho, tenía miedo, volvía a sentir que se encontraba en un lugar peligroso, que el mundo a su alrededor era un gran trampa. Pero ahora no podía esconderse tan fácilmente. No sabía siquiera si podía cambiar esa transformación. ¡Más importante aún, ni siquiera sabía si él quería cambiarla! ¿Tan perjudicial podía ser su aspecto?

Tras un tiempo dándole vueltas,  decidió que ahora mismo no podía hacer nada. Tenía que seguir adelante con su nueva forma, le gustase a quién le gustase, ya que no sabía cómo volver a su forma original. En ese momento, escuchó una canción de música electrónica que venía desde un lado de la cama. Estaba sonando su móvil, recibiendo la llamada de un amigo suyo. Jael cogió el teléfono y respondió.

-¿Quién és?-preguntó Jael al descolgar.

-Juan- responde del otro lado el mejor amigo de Jael

-¿Qué Juan?

-Juan, two, three, no te fastidia. ¿Quién va a ser si no?

-Vale, ahora sí. Esos chistes son tu tarjeta de presentación tío

-Lo que sea. Oye, ¿no te habrás olvidado de la quedada de hoy no?

-Emm… ¿No?

-Eres un caso. Venga, te estamos esperando

-Vale, estaré ahí en unos minutos.

Hablar con Juan siempre le relaja. Es una persona de confianza y al oírle prácticamente se olvidó de su estado acual. Jael colgó el teléfono y se vistió rápidamente unos pantalones vaqueros rojos, una camiseta negra de manga corta y una pulsera que le regaló uno de sus amigos. Descubrió que no era capaz de ponerse zapatos ya que sus nuevos pies no cabían en ellos, pero decidió ir descalzo. De todos modos, iba igual de cómodo, gracias al pelaje. Respiró hondo, puso la mano en el picaporte y suspiró “Por favor que todo salga bien”.

Anónimo

Gregor, ¿sigues ahí? (Parte III)

” Cuando despertó, descubrió que se había metamorfoseado en Gregor Samsa.

Estaba boca arriba en la cama, observando el techo de la habitación. Sus ojos tardaron un tiempo en adaptarse a la penumbra. POr lo que pudo ver, era un techo normal y corriente, como el de cualquier otro sitio. Originalmente debió de haber sido blanco, de un tono crema claro o algo así. Pero a causa del polvo o la suciedad acumulada con el tiempo, ahora era de un color que recordaba a la leche cortada. No tenía adornos, nin ninguna característica en particular. Tampoco declaraciones o mensajes. Parecía desempeñar, aparentemente sin impedimentos, su función estructural de techo, sin mayores pretensiones.

En una de las paredes del cuarto (la que estaba a su izquierda) había una alta ventana cegada por dentro. Tras quitar las cortinas que sin duda habían pendido de allí, habían clavado gruesos listones de madera horizontales en el marco de la ventana. Entre tabla y tabla_ no estaba claro si lo habían hecho a propósito_, se abrían unas rendijas de unos pocos centímetros por los que el sol de la mañana se filtraba en la habitación trazando en el suelo líneas paralelas refulgentes. Ignoraba la razón por la cual habían condenado tan rotundamente la ventana. ¿Para que nadie entrase? ¿Quizá para que no saliese nadie? (¿Ese nadie sería él?) (…)”

Inicio del cuento “Samsa enamorado”, en Hombres sin mujeres, de Haruki Murakami. Este no está en la biblioteca. Pero podéis hacer una desiderata y pedir que lo compren. No sé si te has fijado que en un rinconcito de la biblioteca hay un panel que tiene una cajita para que depositéis allí vuestras peticiones.

desiderata 014

Lo hizo Rodrigo Pérez, profesor que daba clases de Biología en nuestro insti hace unos años, pidió un traslado y se fue. Pero nos mandó esto y nos dejó el insti lleno de cuadros, de fórmulas químicas y de estrellas.

 

Gregor, ¿sigues ahí? (Parte II)

“Cuando, una mañana, el escarabajo salió del estado ninfal se encontró convertido en un chico gordo. Yacía sobre la espalda sorprendentemente blanda y desprotegida y, si levantaba un poco la cabeza, se veía la barriga, pálida e inflada. El número de extremidades se había reducido de manera drástica y las pocas que tenía (cuatro, contaría más tarde) eran dolorosamente carnosas, y tan gruesas y pesadas que moverlas le resultaba imposible.

Los ochenta y seis cuentos de Quim Monzó son 86 perlitas dobre el ser humano, las ilusiones y el patetismo.

(Imagen extraída de aquí)

¿Qué le había pasado? Ahora, la habitación le parecía pequeñísima, y menos intenso el olor de moho que percibía antes. En la pared había soportes para colgar la escoba y la fregona. En un rincón, dos cubos. Contra otra pared, una estantería con bolsas, cajas, botes, un aspirador y, apoyada, la tabla de planchar. Qué pequeñas le parecían ahora todas aquellas coas que, antes, apenas podía abarcar en su totalidad. Movió la cabeza. Intentó volverse hacia la derecha, pero aquel cuerpo gigantesco pesaba demasiado y no podía. Lo intentó una segunda vez; y otra. Al final tuvo que reposar, agotado (…)”

Así empieza el cuento “Gregor”, de Quim Monzó incluído en el libro Ochenta y seis cuentos. Está en la biblioteca, por si quieres saber cómo acaba y leer otros. también puede ayudarte a hacer el trabajo propuesto para estas vacaciones.

Gregor,¿ sigues ahí? (Parte I)

(Imagen extraída de aquí)

«Érase una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha.»

Augusto Monterroso*, La Oveja Negra y demás fábulas.

*No sé si recordaréis que Augusto Monterroso nos enseñó a escribir con adecuación, coherencia y cohesión el año pasado.