Fausto

Pero lo desconocido e inquietante también se mezcla con la religión, como en la Edad Media. Demonios y monstruos subterráneos no dejan de llenar la fantasía de poetas y pintores. En el poema épico del inglés John Milton (1608-1674) El paraíso perdido, que versa sobre las caídas de Lucifer del Cielo, y de Adán y de Eva del Paraíso (recuerda el motivo bíblico), las escenas de horror y caos se suceden. La Culpa, acompañada dela Muerte, se hace aliada de Satanás después de que Eva ha comido de la manzana. Entonces la Muerte implanta su reinado sobre la Tierra.

Pablo Auladell ha trasladado a novela gráfica el texto de Milton. Está publicado por la editorial Sexto Piso y puedes encontrarlo en la biblioteca del instituto:

Resultado de imagen de el paraiso perdido comic

La muerte aparecerá también de manera terrorífica en una famosa obra de teatro: La trágica historia de la vida y muerte del doctor Fausto, del dramaturgo inglés Marlowe (1564-1593). En ella se cuenta cómo Fausto vende su alma al diablo a cambio de unos goces terrenales. Es una elección entre cuerpo y alma, entre tiempo y eternidad, entre mundo y religión. Fausto elige el cuerpo, el tiempo, el mundo y acaba condenándose. Lo contrario habría sido impensable no solo en los siglos del medievo sino hasta en el siglo XVI y XVII.

Asimismo, en Fausto  aparecen constantemente demonios y espíritus, como también sucederá  en las obras de Shakespeare (es el caso de Hamlet, por ejemplo).

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Está ronco el cuervo que anuncia con graznidos

 

Brujas, demonios, espectros y monstruos alados pueblan la fantasía de estos siglos. Aparecen ya en Macbeth :

Lady Macbeth.- Está ronco el cuervo que anuncia con graznidos la fatal llegada de Duncan a mi castillo. ¡Espíritus, venid! venid a mí, puesto que presidís los pensamientos de muerte! Privadme ahora de mi sexo y llenadme de la más temible crueldad, desde la coronilla al pulgar del pie: espesad mi sangre ¡Que se bloquen todas las puertas a la piedad! ¡Que no vengan a mí contritos sentimientos naturales a perturbar mi propósito cruel, o a poner tregua a su realización! ¡Venid hasta mis pechos de mujer y transformad mi leche en hiel, espíritus de muerte que por doquier estáis -esencias invisibles- al acecho de que Naturaleza se destruya!¡Ven, densa noche, ven y envuélvete en el más maldito humo de infierno, para que mi agudo cuchillo no vea sus heridas, ni el cielo atisbe  a través de las  mantas de la tiniebla  para gritar ¡basta, basta!
Coro.- ¡Basta, basta! ¡Detente!   
Lady Macbeth.  (Llega Macbeth). ¡Noble señor de Glamis y de Cáudor, aún más ilustre que uno y otro por la profética salutación de las hechiceras! tu carta me ha hecho salir de lo presente, y columbrar lo futuro, y extasiarme con él.
Macbeth. – Esposa mía, esta noche llega….
Lady Macbeth. – ¿Y cuándo se va?
Macbeth. – Dice que mañana.

Por otro lado, también encontramos el mundo de la hechicería en la obra La Celestina de Fernando de Rojas.

Nuria Espert interpretando el conjuro de Celestina

Elogio de la locura

Algo tendrá que tener la locura para que  Erasmo le escriba un  Elogio de la locura. En esta obra  la Locura  nos describe con ironía las costumbres de su tiempo.  No solo Erasmo se sintió atraído por la locura, Cervantes imaginó a un loco soñador.  Se trata  de don Quijote, cuya locura idealista es el motor que mueve la acción del caballero y provoca que transforme la realidad. La visión idealista de la vida se expresa a través de esa supuesta demencia. Encontramos también una locura instrumental: la de Hamlet. Este se finge loco para averiguar la verdad sobre la muerte del padre. Esta locura fingida provocará, sin embargo, la locura real de Ofelia.

Ofelia, cuadro de John Everett Millais

Esta locura femenina aparecerá también en otras obras de Shakespeare.  En Macbeth, es famosa la escena en que la reina Lady Macbeth es observada por su Dama y un Doctor, mientras se levanta del lecho. Se frota la mancha de sangre causada por el regicidio que ha cometido con la ayuda de su esposo:

Castillo de Dunsinania

UN MÉDICO, UNA DAMA Y LADY MACBETH

EL MÉDICO. – Aunque hemos permanecido dos noches en vela, nada he visto que confirme vuestros temores. ¿Cuándo la visteis levantarse por última vez?

LA DAMA. – Después que el Rey se fue a la guerra, la he visto muchas veces levantarse, vestirse, sentarse a su mesa, tomar papel, escribir una carta, cerrarla, sellarla, y luego volver a acostarse: todo ello dormida.

EL MÉDICO. – Grave trastorno de su razón arguye el ejecutar en sueños los actos de la vida. ¿Y recuerdas que haya dicho alguna palabra?

LA DAMA. – Si, pero nunca las repetiré.

EL MÉDICO. – A mí puedes decírmelas.

LA DAMA. – Ni a ti, ni a nadie, porque no podría yo presenter testigos en apoyo de mi relato.

(Entra Lady Macbeth, sonámbula, y con una luz en la mano)

Aquí está, como suele, y dormida del todo. Acércate y repara.

EL MÉDICO. – ¿Dónde tomó esa luz?

LA DAMA. – La tiene siempre junto a su lecho. Así lo ha mandado.

EL MÉDICO. – Tiene los ojos abiertos.

LA DAMA. – Pero no ve.

EL MÉDICO. – Mira cómo se retuerce las manos.

LA DAMA. – Es su ademán más frecuente. Hace como quien se las lava.

LADY MACBETH. – Todavía están manchadas.

EL MÉDICO. – Oiré cuanto hable, y no lo borraré de la memoria.

LADY MACBETH. – ¡Lejos de mí esta horrible mancha!… Ya es la una… Las dos… Ya es hora… Qué triste está el infierno… ¡Vergüenza para ti, marido mío!… ¡Guerrero y cobarde!… ¿Y qué importa que se sepa, si nadie puede juzgarnos?… ¿Peru cómo tenía aquel viejo tanta sangre?

EL MÉDICO. – ¿Oyes?

LADY MACBETH. – ¿Dónde está la mujer del señor Fife?… ¿Pero por qué no se lavan nunca mis manos?… Calma, señor, calma… ¡Qué dañosos son esos arrebatos!

EL MÉDICO. – Oye, oye: ya sabemos lo que no debíamos saber.

LA DAMA. – No tiene conciencia de lo que dice. La verdad sólo Dios la sabe.

LADY MACBETH. – Todavía siento el olor de la sangre. Todos los aromas de Oriente no bastarían a quitar de esta pequeña mano mía el olor de la sangre.

EL MÉDICO. – ¡Qué oprimido está ese corazón!

LA DAMA. – No le llevaría yo en el pecho, por toda la dignidad que ella pueda tener.

EL MÉDICO. – No sé curar tales enfermedades, pero he visto sonámbulos que han muerto como unos santos.

LADY MACBETH. – Lávate las manes. Vístete. Vuelva el color a tu semblante. Macbeth está bien muerto, y no ha de volver de su sepulcro… A la cama, a la cama… Llaman a la puerta… Ven, dame la mano… ¿Quién deshace lo hecho?… A la cama.

Por otra parte,el dramaturgo francés  Jean Baptiste Racine (1639-1699) se interesó  por mostrar en sus tragedias más que acciones externas los conflictos interiores de los personajes. Sus protagonistas se debaten entre sentimientos apasionados, aunque triunfa al final el sentido del deber, guiado por la razón. También eligió como protagonista de sus obras a una mujer que roza la locura: Fedra, basada en los amores de esta hacia su hijastro. En esta tragedia Hipólito deja de ser el joven misógino de la obra clásica de Eurípides  y Fedra le declara su amor al creer que su marido Teseo está muerto. Dice la Fedra de Racine:

FEDRA.- ¡Ah, dolor aún no probado! ¡Para qué nuevo tormento fui reservada! Todo lo que he sufrido, mi temor, mis transportes, el furor de mi pasión, el horror de mis remordimientos, y la insoportable injuria de un cruel rechazo, no eran más que débiles ensayos del tormento que me destroza. ¡Se aman! ¿Con qué hechizo han engañado mis ojos? ¿Cómo se vieron? ¿Desde cuándo? ¿En qué sitios? Tú lo sabías. ¿Por qué me dejaste engañarme? ¿No podías enterarme de su ardor furtivo? ¿Se les ha visto hablarse, buscarse a menudo? ¿Iban a esconderse en el fondo de los bosques? ¡Ay! se veían con todo derecho. El cielo aprobaba la inocencia de sus suspiros; sin remordimientos se entregaban a su inclinación amorosa; cada día se alzaba claro y sereno para ellos. Y yo triste desecho de la naturaleza toda, me ocultaba de día, huía la luz, la muerte era el único dios que me atrevía a implorar. Aguardaba el momento de expirar, nutriéndome de hiel, alimentada en llanto, vigilada demasiado de cerca hasta en mi desdicha, no me atrevía a ahogarme a gusto en mis lágrimas: saboreaba temblando ese placer funesto; disfrazando mis angustias bajo mi serena frente, necesitaba a menudo privarme hasta de mi llanto.

Juan Mayorga realizó una versión de la obra de Eurípides que fue dirigida por José Carlos Plaza.

Por otra parte, la excepcional dramturga británica Sarah Kane recoge y reelabora el mito clásico de Fedra e Hipólito, y nos presenta una versión contemporánea donde la figura clásica del héroe virtuoso, es transformada en un joven apático e indiferente que no hace otra cosa que ver tv, comer comida chatarra y navegar por Internet.

 

 

Los bufones y los graciosos

Entran, en la literatura, los bufones y se recuperan los graciosos ridículos de la comedia clásica:

(Entran Viola, disfrazada de hombre, y FESTE, el bufón)

VIOLA: Saludos a ti y a tu música. ¿Vives tocando el tamboril?

FESTE: No, señor, tocando la iglesia.

VIOLA: ¿Eres sacerdote?

FESTE: Nada de eso, señor. Vivo tocando la iglesia, pues vivo en mi casa, y mi casa está junto a la iglesia.

VIOLA: También podrías decir que el rey vive tocando un mendigo si un mendigo vive cerca de él, o que la iglesia está pegada al tamboril porque este está al lado de la iglesia.

FESTE: Vos lo habéis dicho. ¡Qué tiempos estos! Una frase es un guante de cabritilla para el ingenioso. ¡Qué pronto la vuelve del revés!

William Shakespeare, Noche de Reyes

Asimismo, el humor y la burla  son elementos muy importantes en la literatura del Renacimiento y del Barroco.  En muchas ocasiones se realiza a través de un bufón o de un personaje cómico (he ahí la importancia de la comedia) o grotesco. Un ejemplo de este último lo tenemos Pantagruel y Gargantúa, del escritor renacentista  François Rabelais (1494-1553).  Las dos obras nos narran las aventuras de dos gigantes así llamados en medio de un mundo violento, absurdo y fantástico

Gargantúa, según ilustración de Gustave Doré, 1873.

Otro personaje ridículo es el que suele protagonizar las comedias del autor francés Moliére (1622-1673). Siempre a través de las armas de la ridiculización denuncia la hipocresía social y otros defectos.  Lo hace, por supuesto, respetando las reglas teatrales clásicas. Sus personajes fanfarrones se parecen a los de Plauto y suelen encarnar un defecto, como la avaricia (en El avaro. Puedes ver la obra aquí o la falsa devoción (en Tartufo)

La vida de Moliére también fue llevada al cine. Este es un trailer de la película Las aventuras amorosas del joven Moliére: 

 

Macarra de ceñido pantalón

Seguramente para que hoy Sabina cante esto:

un narrador anónimo de principios del siglo XVI tuvo que escribir una historia, El lazarillo de Tormes, que empieza así:

“Pues sepa V.M. ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tome el sobrenombre, y fue desta manera. Mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña, que esta ribera de aquel río, en la cual fue molinero mas de quince años; y estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí: de manera que con verdad puedo decir nacido en el río. Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de los que allí a moler venían, por lo que fue preso, y confesó y no negó y padeció persecución por justicia. Espero en Dios que está en la Gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada contra moros, entre los cuales fue mi padre, que a la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho, con cargo de acemilero de un caballero que allá fue, y con su señor, como leal criado, feneció su vida. Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los buenos por ser uno dellos, y vínose a vivir a la ciudad, y alquiló una casilla, y metióse a guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del Comendador de la Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas. Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban, vinieron en conocimiento. Éste algunas veces se venía a nuestra casa, y se iba a la mañana; otras veces de día llegaba a la puerta, en achaque de comprar huevos, y entrábase en casa. Yo al principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne, y en el invierno leños, a que nos calentábamos. De manera que, continuando con la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que, estando el negro de mi padre trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre y a mí blancos, y a él no, huía dél con miedo para mi madre, y señalando con el dedo decía: “¡Madre, coco!”.

En la biblioteca, además de muchos ejemplares y adaptaciones de la obra podéis encontrar la película basada en la obra que interpretó  Rafael Álvarez, el Brujo:

El citado actor también llevó la obra al teatro (¡es una maravilla su Lázaro!). Aquí queda una entrevista al Brujo (que también habla de su espectáculo “Las mujeres de Shakespeare”, que no he visto, pero intuyo que es magnífica, como casi todo lo que hace este brujo:

Resultado de imagen de la vida del buscónEl protagonista, como vemos, ya no es un héroe, más bien todo lo contrario, que tiene que hacer trampas para lograr sobrevivir. Es esta una novela de transcición que ya se aleja de la  idealización renacentista y ya aparece el realismo barroco. Con esta y otras novelas de la época los antihéroes empiezan a entrar en la literatura para ya nunca marcharse. Se inaugura con la historia de Lázaro  la novela picaresca, pues después de este pícaro vienen otros como  el Buscón llamado don Pablos de Quevedo y Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán. Tal vez Rinconete y Cortadillo, de Cervantes o El diablo cojuelo de Vélez de Guevara compartan algunas cualidades con los anteriores.

Imagen de la obra de Cervantes, Rinconete y Cortadillo

La novela picaresca española influyó extraordinariamente en la narrativa europea de su tiempo, sobre todo en la inglesa.  Destacan obras como Fortunas y adversidades de la famosa Moll Flanders  de Daniel Defoe. Esta fue llevada al cine:

o La historia de Tom Jones, un expósito  de Henry Fielding.

Resultado de imagen de fanny hillPor otra parte, el elemento picaresco se funde con otros en varias novelas: con el erótico-pornográfico en Fanny Hill  de John Cleland y con todo tipo de fórmulas experimentales en la famosa La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy  de Laurence Sterne.

Asimismo, reaparece en novelas posteriores como La suerte de Barry Lyndon  de William Makepeace Thackeray, Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain y en ciertos aspectos del Oliver Twist de Charles Dickens, ya en el siglo XIX.

Este es el trailer de una de las adaptaciones cinematográficas de la novela de Dickens:

No solo los antihéroes serán pícaros, el propio don Quijote sin ser un pícaro tramposo (más bien todo lo contrario) aparece como un héroe que nunca ganará ninguna batalla y que está abocado al fracaso, un verdadero antihéroe que acaba envejeciendo y muriendo (jamás un héroe clásico de los que habitaban en las novelas de caballerías había aparecido así).  Esta grandiosa novela recoge muy bien el pesimismo del Barroco y aborda, con humor y ternura, el tema del fracaso humano.

Esta es, sin duda, una de esas novelas que tenéis que leer en algún momento de vuestra vida. Una o dos veces y, si es a la luz de los atardeceres manchegos, mejor. Así podréis llenar esta canción de El mago de Oz:

A Dafne ya los brazos le crecían (otra vez)

Y digo “otra vez” porque el año pasado comentaba aquí el mismo episodio.

“Dafne y Apolo” de Bernini. Aquí hay más información sobre la escultura.

Cuenta Ovidio en su Metamorfosis que el dios Apolo estaba enamorado de la ninfa Dafne, hija del río Peneo de la región griega de Tesalia. Perseguida por el dios, Dafne pide ayuda a su padre, quien, para liberarla del acoso de Apolo, la transforma en laurel.

En el Cancionero, Petrarca identifica simepre a Laura con el laurel y, por consguinete, se identifica a sí mismo con Apolo, enamorados ambos de la misma mujer (Laura-laurel):

Apolo, si el deseo ha perdurado
que te inflamaba en la tesalia onda,
y si la amada cabellera blonda,
tras tantos años, no la has olvidado,

del perezoso hielo y tiempo airado,
que durará mientras tu faz se esconda,
defiende a la honorable y sacra fronda
en que, después de tú, yo me he enredado;

y por virtud de la esperanza amante
que te hizo soportar la vida acerba,
bórrale al aire los nubosos trazos;

y admirados veremos al instante
a nuestra dama estar sobre la hierba
y hacerse sombra con sus propios brazos.

Por su parte, Garcilaso de la Vega (siglo XVI) recrea en su soneto XIII el mito de Dafne y Apolo, centrándose en el momento mismo de la transformación de la ninfa en árbol.

A Dafne ya los brazos le crecían,

y en luengos ramos vueltos se mostraba;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que el oro escurecían.

De áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros, que aún bullendo estaban:
los blancos pies en tierra se hincaban,
y en torcidas raíces se volvían

Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol que con lágrimas regaba.

¡Oh miserable estado! ¡oh mal tamaño!
¡Que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón porque lloraba!

Un siglo después, Quevedo reflejaba así el mito:

“Tras vos, un alquimista va corriendo,
Dafne, que llaman Sol, ¿y vos tan cruda?
Vos os volvéis murciégalo sin duda,
pues vais del Sol y de la luz huyendo.

Él os quiere gozar, a lo que entiendo,
si os coge en esta selva tosca y ruda:
su aljaba suena, está su bolsa muda;
el perro, pues no ladra, está muriendo.

Buhonero de signos y planetas,
viene haciendo ademanes y figuras,
cargado de bochornos y cometas.”

Esto la dije; y en cortezas duras
de laurel se ingirió contra sus tretas,
y, en escabeche, el Sol se quedó a escuras.

Bermejazo platero de las cumbres,
a cuya luz se espulga la canalla:
la ninfa Dafne, que se afufa y calla,
si la quieres gozar, paga y no alumbres.

Si quieres ahorrar de pesadumbres,
ojo del cielo, trata de compralla:
en confites gastó Marte la malla,
y la espada en pasteles y en azumbres.

Volvióse en bolsa Júpiter severo;
levantóse las faldas la doncella
por recogerle en lluvia de dinero.

Astucia fue de alguna dueña estrella,
que de estrella sin dueña no lo infiero:
Febo, pues eres sol, sírvete de ella
.

Y aquí queda “El rapto de Proserpina” también de Bernini, cuya mano tanto le gusta a Inés:

“El rapto de Proserpina”