El taller de escritor (IV)

A nivel estilístico se rechaza la grandilocuencia del Romanticismo y la lengua es natural y sobria.  Cabe distinguir entre el lenguaje del narrador que suele ser culto y elaborado y el lenguaje de los diálogos, que en muchas ocasiones es espontáneo y coloquial. 

“(…) Como que todo Madrid iba allí a comprar agujas, y su papá se carteaba con el fabricante.  Su papá recibía miles de cartas al día, y las cartas olían a hierro(…)

_ Veis, este señor Bermingán es el que se cartea con mi papá todos los días, en inglés; y son tan amigos que siempre le está diciendo que vaya allá; y hace poco le mandó, dentro de una caja de clavos, un jamón ahumado que olía como a chamusquina, y un pastelón así, mirad, del tamaño del brasero de doña Calixta, que tenía dentro unas pasas chiquirritinas, y picaba como la guindilla, pero muy rico, hijas, mu rico. (…)”

Benito Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta

 

 Además, a menudo los personajes expresan  rasgos de su clase social, nivel cultural. 

“(…) Al doblar la esquina de las Comendadoras de Santiago para ir  a su casa, que estaba en la calle de Quiñones, frente a la Cárcel de Mujeres, uniósele uno de sus condiscípulos, muy cargado de libros, la pizarra a la espalda, el pantalón hecho una pura rodillera, el calzado con tragaluces, boina azul en la pelona, y el hocico muy parecido al de un ratón. Llamaban al tal Silvestre Murillo, y era el chico más aplicado de la escuela y el amigo mejor que Cadalso tenía en ella. Su padre, sacristán de la iglesia de Montserrat, le destinaba a seguir la carrera de Derecho, porque se le había metido en la cabeza que el mocoso aquel llegaría a ser personaje, quizás orador célebre, ¿por qué no ministro?

La futura celebridad habló así a su compañero:

—Mía tú, Caarso, si a mí me dieran esas chanzas,de la galleta que les pegaba les ponía la cara verde. Pero tú no tienes coraje. Yo digo que no se deben poner motes a las personas. ¿Sabes tú quién tié la culpa? Pues Posturitas, el de la casa de empréstamos.

Ayer fue contando que su mamá había dicho que a tu abuela y a tus tías las llaman las Miaus… (…)”

Benito Pérez Galdós, Miau

En general las novelas están contadas por un narrador omnisciente con la intención de retratar de forma objetiva la realidad. Sin embargo esta mirada está inyectada de la propia ideología del autor quien, en ocasiones, la hace explícita a través de comentarios valorativos.

  • Destaca especialmente el empleo del estilo indirecto libre para expresar palabras o pensamientos de los personajes. Se caracteriza por la inexistencia de verbos introductorios, por el empleo de la tercera persona y por la incorporación de usos expresivos (interjecciones, coloquialismos, enunciados exclamativos) propios del modo de hablar del personaje. Es un estilo empleado para narrar la intimidad desde dentro acercando lo más posible al lector y al personaje. .”

“(…) Ana prefería aquella soledad; ella la hubiera exigido si no se hubiera adelantado Vetusta a sus deseos. Pero cuando, ya convaleciente, volvió a pensar en el mundo que la rodeaba, en los años futuros, sintió el hielo ambiente y saboreó la amargura de aquella maldad universal. “¡Todos la abandonaban! Lo merecía, pero… de todas maneras ¡qué malvados eran todos aquellos vetustenses que ella había despreciado, siempre, hasta cuando la adulaban y mimaban.(…) ”

Leopoldo Alas, La Regenta

“(…) Abandonó la música. ¿Para qué tocar?, ¿quién la escucharía? Como nunca podría, con un traje de terciopelo de manga corta, en un piano de Erard, en un concierto, tocando con sus dedos ligeros las teclas de marfil, sentir como una brisa circular a su alrededor como un murmullo de éxtasis, no valía la pena aburrirse estudiando. Dejó en el armario las carpetas de dibujo y el bordado. ¿Para qué? ¿Para qué?(…)”

 Gustave Flaubert, Madame Bovary

A veces se introduce la técnica del monólogo interior. Se refleja en este fragmento de Galdós en el que Juan Santa Cruz, burgués egoísta e irresponsable, bajo los efectos del alcohol confiesa a su mujer, Jacinta, cómo ha engañado a Fortunata:

“(…) ¡Pobre Fortunata, pobre Pitusa!… ¿Te he dicho que la llamaban la Pitusa? ¿No?… pues te lo digo ahora. Que conste… Yo la perdí… sí, que conste también; es preciso que cada cual cargue con su responsabilidad… Yo la perdí, la engañé, le dije mil mentiras, le hice creer que me iba a casar con ella. ¿Has visto?… ¡Si seré pillín!… Déjame que me ría un poco… Sí, todas las papas que yo le decía, se las tragaba… El pueblo es muy inocente, tonto de remate, todo se lo cree con tal que se lo digan con palabras finas… La engañé, le garfiñé su honor, y tan tranquilo. Los hombres, digo, los señoritos, somos unos miserables; creemos que el honor de las hijas del pueblo es cosa de juego… No me pongas esa cara, vida mía. Comprendo que tienes razón, soy un infame, merezco tu desprecio; porque… lo que tú dirás, una mujer es siempre una criatura de Dios, ¿verdad?… Y yo, después que me divertí con ella, la dejé abandonada en medio de las calles… justo… su destino es el destino de las perras… Di que sí.(…)”

Benito Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta

 

 

 

 

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