Elogio de la locura

Algo tendrá que tener la locura para que  Erasmo le escriba un  Elogio de la locura. En esta obra  la Locura  nos describe con ironía las costumbres de su tiempo.  No solo Erasmo se sintió atraído por la locura, Cervantes imaginó a un loco soñador.  Se trata  de don Quijote, cuya locura idealista es el motor que mueve la acción del caballero y provoca que transforme la realidad. La visión idealista de la vida se expresa a través de esa supuesta demencia. Encontramos también una locura instrumental: la de Hamlet. Este se finge loco para averiguar la verdad sobre la muerte del padre. Esta locura fingida provocará, sin embargo, la locura real de Ofelia.

Ofelia, cuadro de John Everett Millais

Esta locura femenina aparecerá también en otras obras de Shakespeare.  En Macbeth, es famosa la escena en que la reina Lady Macbeth es observada por su Dama y un Doctor, mientras se levanta del lecho. Se frota la mancha de sangre causada por el regicidio que ha cometido con la ayuda de su esposo:

Castillo de Dunsinania

UN MÉDICO, UNA DAMA Y LADY MACBETH

EL MÉDICO. – Aunque hemos permanecido dos noches en vela, nada he visto que confirme vuestros temores. ¿Cuándo la visteis levantarse por última vez?

LA DAMA. – Después que el Rey se fue a la guerra, la he visto muchas veces levantarse, vestirse, sentarse a su mesa, tomar papel, escribir una carta, cerrarla, sellarla, y luego volver a acostarse: todo ello dormida.

EL MÉDICO. – Grave trastorno de su razón arguye el ejecutar en sueños los actos de la vida. ¿Y recuerdas que haya dicho alguna palabra?

LA DAMA. – Si, pero nunca las repetiré.

EL MÉDICO. – A mí puedes decírmelas.

LA DAMA. – Ni a ti, ni a nadie, porque no podría yo presenter testigos en apoyo de mi relato.

(Entra Lady Macbeth, sonámbula, y con una luz en la mano)

Aquí está, como suele, y dormida del todo. Acércate y repara.

EL MÉDICO. – ¿Dónde tomó esa luz?

LA DAMA. – La tiene siempre junto a su lecho. Así lo ha mandado.

EL MÉDICO. – Tiene los ojos abiertos.

LA DAMA. – Pero no ve.

EL MÉDICO. – Mira cómo se retuerce las manos.

LA DAMA. – Es su ademán más frecuente. Hace como quien se las lava.

LADY MACBETH. – Todavía están manchadas.

EL MÉDICO. – Oiré cuanto hable, y no lo borraré de la memoria.

LADY MACBETH. – ¡Lejos de mí esta horrible mancha!… Ya es la una… Las dos… Ya es hora… Qué triste está el infierno… ¡Vergüenza para ti, marido mío!… ¡Guerrero y cobarde!… ¿Y qué importa que se sepa, si nadie puede juzgarnos?… ¿Peru cómo tenía aquel viejo tanta sangre?

EL MÉDICO. – ¿Oyes?

LADY MACBETH. – ¿Dónde está la mujer del señor Fife?… ¿Pero por qué no se lavan nunca mis manos?… Calma, señor, calma… ¡Qué dañosos son esos arrebatos!

EL MÉDICO. – Oye, oye: ya sabemos lo que no debíamos saber.

LA DAMA. – No tiene conciencia de lo que dice. La verdad sólo Dios la sabe.

LADY MACBETH. – Todavía siento el olor de la sangre. Todos los aromas de Oriente no bastarían a quitar de esta pequeña mano mía el olor de la sangre.

EL MÉDICO. – ¡Qué oprimido está ese corazón!

LA DAMA. – No le llevaría yo en el pecho, por toda la dignidad que ella pueda tener.

EL MÉDICO. – No sé curar tales enfermedades, pero he visto sonámbulos que han muerto como unos santos.

LADY MACBETH. – Lávate las manes. Vístete. Vuelva el color a tu semblante. Macbeth está bien muerto, y no ha de volver de su sepulcro… A la cama, a la cama… Llaman a la puerta… Ven, dame la mano… ¿Quién deshace lo hecho?… A la cama.

Por otra parte,el dramaturgo francés  Jean Baptiste Racine (1639-1699) se interesó  por mostrar en sus tragedias más que acciones externas los conflictos interiores de los personajes. Sus protagonistas se debaten entre sentimientos apasionados, aunque triunfa al final el sentido del deber, guiado por la razón. También eligió como protagonista de sus obras a una mujer que roza la locura: Fedra, basada en los amores de esta hacia su hijastro. En esta tragedia Hipólito deja de ser el joven misógino de la obra clásica de Eurípides  y Fedra le declara su amor al creer que su marido Teseo está muerto. Dice la Fedra de Racine:

FEDRA.- ¡Ah, dolor aún no probado! ¡Para qué nuevo tormento fui reservada! Todo lo que he sufrido, mi temor, mis transportes, el furor de mi pasión, el horror de mis remordimientos, y la insoportable injuria de un cruel rechazo, no eran más que débiles ensayos del tormento que me destroza. ¡Se aman! ¿Con qué hechizo han engañado mis ojos? ¿Cómo se vieron? ¿Desde cuándo? ¿En qué sitios? Tú lo sabías. ¿Por qué me dejaste engañarme? ¿No podías enterarme de su ardor furtivo? ¿Se les ha visto hablarse, buscarse a menudo? ¿Iban a esconderse en el fondo de los bosques? ¡Ay! se veían con todo derecho. El cielo aprobaba la inocencia de sus suspiros; sin remordimientos se entregaban a su inclinación amorosa; cada día se alzaba claro y sereno para ellos. Y yo triste desecho de la naturaleza toda, me ocultaba de día, huía la luz, la muerte era el único dios que me atrevía a implorar. Aguardaba el momento de expirar, nutriéndome de hiel, alimentada en llanto, vigilada demasiado de cerca hasta en mi desdicha, no me atrevía a ahogarme a gusto en mis lágrimas: saboreaba temblando ese placer funesto; disfrazando mis angustias bajo mi serena frente, necesitaba a menudo privarme hasta de mi llanto.

Juan Mayorga realizó una versión de la obra de Eurípides que fue dirigida por José Carlos Plaza.

Por otra parte, la excepcional dramturga británica Sarah Kane recoge y reelabora el mito clásico de Fedra e Hipólito, y nos presenta una versión contemporánea donde la figura clásica del héroe virtuoso, es transformada en un joven apático e indiferente que no hace otra cosa que ver tv, comer comida chatarra y navegar por Internet.

 

 

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