¿Quién ha encendido esas luces?

Los ilustrados, son los ilustrados los que encienden esas luces que iluminarán la Europa del siglo XVIII. La Ilustración fue un movimiento ideológico y cultural, que se desarrolló en Europa durante el siglo XVIII- conocido como Siglo de las Luces_, con Francia como foco de irradiación. Representó una importante modernización cultural y el intento de transformar las caducas estructuras del Antiguo Régimen, cuya sociedad era estamental y había una notable diferencia de clases entre las clases privilegiadas (nobleza y clero) y las no privilegiadas (burguesía, artesanos, campesinos, grupos marginales):

Algunos rasgos de la sociedad occidental actual (la defensa de la libertad y dignidad del individuo y de sus derechos fundamentales, o la importancia de la educación) son herencia de este periodo.Sus ideas desembocarán en la Revolución francesa.

He aquí las ideas que defendían los ilustrados:

  • Autonomía y espíritu crítico. Para los ilustrados el ser humano es, tal como había proclamado el antropocentrismo renacentista, el dueño de su propio destino. Para conquistar ese autonomía es preciso someter a crítica todos los valores y conocimientos heredados. Así, se cuestionarán los valores del Antiguo Régimen: el absolutismo monárquico, los privilegios del clero y la aristocracia, o la religiosidad tradicional.
  • Para los ilustrados, la razón, la observación y la experimentación son las únicas fuentes fiables de conocimiento, frente a la tradición, la autoridad de los antiguos o la revelación divina. El racionalismo y el empirismo dominantes provocan la difusión de nuevas doctrinas y formas de religiosidad: ateísmo o negación de la divinidad (Denis Diderot desarrolla una visión materialista del mundo) y deísmo (admite la existencia de un ser superior, que creó el universo y le dio un orden racional, pero sin aceptar ninguna religión en particular). Los deístas como Rousseau o Voltaire defienden una religiosidad interior, basada en la conciencia, sin mediación de la Iglesia) Todos comparten la defensa de la libertad de conciencia y critican la superstición y la intolerancia religiosa. Defienden la secularización de la sociedad, en particular la emancipación del poder civil frente al eclesiástico.
  • Los ilustrados confían en el progreso moral y material del ser humano. La educación es el instrumento privilegiado que ha de hacer posible una sociedad más próspera y justa. El lugar central que se le otorga en la vida individual y social se relaciona con diversos fenómenos: la redacción de la Enciclopedia, la promoción de la educación pública, la aparición de instituciones orientadas a la difusión del conocimiento_ museos, bibliotecas, jardines botánicos…_ o el desarrollo de una “literatura útil”, acorde con el principio horaciano de delectare et prodesse (deleitar y aprovechar).

Resultado de imagen de enciclopedia de diderot

  • Reformismo y despotismo ilustrado, condensado en el principio “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, según el cual el pueblo delega el poder en un príncipe que debe gobernar guiado por la búsqueda del bien común.

Locus amoenus

Hermosas ninfas, que, en el río metidas,
contentas habitáis en las moradas
de relucientes piedras fabricadas
y en columnas de vidrio sostenidas;

agora estéis labrando embebecidas
o tejiendo las telas delicadas,
agora unas con otras apartadas
contándoos los amores y las vidas:

dejad un rato la labor, alzando
vuestras rubias cabezas a mirarme,
y no os detendréis mucho según ando,

que o no podréis de lástima escucharme,
o convertido en agua aquí llorando,
podréis allá despacio consolarme.

Garcilaso de la Vega

“Hilas y ninfas” de John William Waterhouse

Locus amoenus es un término literario derivado del latín que significa lugar ameno o placentero y generalmente se hace referencia a un lugar idealizado, que es fuente de seguridad, de belleza, de confort. Además, suele ser lugar de encuentro entre los amantes.  En la literatura, es frecuente la utilización de estos lugares imaginarios e idealizados. 

Ya en la Odisea de Homero la naturaleza participaba de lo divino. En ese locus amoenus vivían las ninfas rodeadas de belleza. El jardín de Alcínoo descrito en la obra aparecen las características del tópico: prado fértil con árboles frutales productivos, corrientes de agua cristalina custodiadas por las flores y el canto de los pájaros… En definitiva, un lugar que se asemeja al Edén.

Chagall pinta el momento en que Odiseo llega palacio de Alcinoo (Canto VII) y es atendido por una esclava e invitado al banquete que se celebra en su honor. Puedes ver aquí más imágenes de la Odisea del mismo pintor.

Estos mismos lugares amenos aparecen ya en las composiciones poéticas pastoriles de Virgilio (concretamente en las Bucólicas, también conocidas como Églogas) y de Teócrito (Los Idilios). Asimismo en esta oda, Horacio describe el paisaje idílico de manera detallada, a pesar de tratarse un fragmento reducido:

“ Se fueron las nieves, ya vuelve la yerba a los campos

y al árbol su cabellera; cambia

de modos la tierra y los ríos decrecen corriendo de

nuevo por los cauces de siempre

 

la Gracia y las ninfas, hermanas gemelas, desnudas se

atreven a dirigir sus coros.”

Ya en la literatura medieval castellana encontramos Gonzalo de Berceo describe un perfecto locus amoenus en sus Milagros de Nuestra Señora:

Yo, el maestro Gonzalo de Berceo llamado,

yendo en romería acaecí en un prado

verde, y bien sencido, de flores bien poblado,

lugar apetecible para el hombre cansado.

Daban olor soberbio las flores bien olientes,

refrescabn al par las caras y las mentes;

manaban cada canto fuentes claras corrientes,

en verano bien frías, en invierno calientes.

Gran abundancia había de buenas arboledas,

higueras y granados, perales, manzanedas,

y muchas otras frutas de diversas monedas,

pero no las había ni podridas ni acedas.

La verdura del prado, el olor de las flores,

las sombras de los árboles de templados sabores

refrescáronme todo, y perdí los sudores:

podría vivir el hombre con aquellos olores.

También en la literatura medieval inglesa se encuentran ejemplos de este tipo de naturaleza, concretamente  la localidad de Heorot , que se describe en  Beowulf es un locus amoenus hasta que la ataca Grendel.

Por otro lado, 
Boccaccio en el Decamerón, sitúa a los diez narradores en un jardín que se corresponde con la definición de locus amoenus. Los narradores, en este jardín, pasan las tardes bajo una arboleda a la sombra fresca que les sirve para alejarse de sus preocupaciones y entretenerse agradable y alegramente, olvidándose de la tristeza.

A Tale from Decameron por John William Waterhouse

Como no podía ser de otra forma, la naturaleza del Renacimiento sigue los cánones de esta tradición bucólica que será recogida por varios autores. De estas obras habían quedado  fijadas unas características  fundamentales: la transfiguración pastoril del poeta que, desdoblado en pastor, tiene la oportunidad de expresar sus sentimientos amorosos y el estereotipo paisajístico del locus amoenus, recreación platónica de la naturaleza que, aparte de su función estética, tendrá diversos significados simbólicos en relación con el estado anímico del poeta: puede ser un simple marco campestre en el que los enamorados viven sus amores y desamores o espejo del amor y de los estados de ánimo de los enamorados. Sería esta  una naturaleza condoliente que comprende al poeta y se compadece de su aflicción (la fuente llora, las aves cantan sus penas…). En ocasiones lo que refleja es la belleza de la dama con la cual compite.

Será Garcilaso de la Vega el primer poeta pastoril de nuestro idioma. Célebre por sus églogas (composición poética caracterizada por una visión idealizada del campo) que muestran muy bien el locus amoenus como se refleja en los versos que abren esta entrada, recupera los lugares idílicos de Virgilio.

El elogio de la vida retirada de las ciudades (beatus ille) y el canto de alabanza a la vida en el campo y al cultivo del huerto es el tema de la  famosa “Oda a la vida retirada” de Fray Luis de León:

“Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido; (…)

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.

El aire del huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruïdo
que del oro y del cetro pone olvido (…)”

Ya en prosa, uno de los autores renacentistas que recreó en sus obras  este  locus amoenus al más puro estilo clásico fue  Sannazaro en su novela pastoril La Arcadia.  Asimismo , Jorge de Montemayor publicó la primera novela pastoril española: Los siete libros de Diana, o, simplemente, La Diana . Otra obra que siguió este modelo es La Diana Enamorada de Gaspar Gil Polo .

Resultado de imagen de beatus ille

Cervantes también se dejó seducir  por el género pastoril  y compuso La Galatea. También en el Quijote hay episodios bucólicos como el de la pastora Marcela y Crisóstomo. En otro pasaje del libro, don Quijote le propone a Sancho que se conviertan en pastores, y así Cervantes lleva adelante su parodia del lenguaje y las costumbres pastoriles: “nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allá, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o de los limpios arroyuelos (…) Daránnos con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas…”.

Por su parte, Lope de Vega  escribió a imitación de la de Sannazaro  su propia Arcadia , que tuvo un éxito considerable.

Con respecto a la literatura inglesa, en las obras de William Shakespeare, el locus amoenus es el espacio que se encuentra fuera de los límites de la ciudad. Es allí donde las pasiones eróticas pueden ser libremente exploradas, fuera de la civilización y de esta manera, ocultos del orden social que tiende a suprimir y regular el comportamiento sexual. Es misterioso y oscuro, un lugar femenino, opuesto a la rígida estructura civil masculina. Se pueden encontrar ejemplos en Sueño de una noche de verano, Como gustéis o Tito Andrónico.

Fausto

Pero lo desconocido e inquietante también se mezcla con la religión, como en la Edad Media. Demonios y monstruos subterráneos no dejan de llenar la fantasía de poetas y pintores. En el poema épico del inglés John Milton (1608-1674) El paraíso perdido, que versa sobre las caídas de Lucifer del Cielo, y de Adán y de Eva del Paraíso (recuerda el motivo bíblico), las escenas de horror y caos se suceden. La Culpa, acompañada dela Muerte, se hace aliada de Satanás después de que Eva ha comido de la manzana. Entonces la Muerte implanta su reinado sobre la Tierra.

Pablo Auladell ha trasladado a novela gráfica el texto de Milton. Está publicado por la editorial Sexto Piso y puedes encontrarlo en la biblioteca del instituto:

Resultado de imagen de el paraiso perdido comic

La muerte aparecerá también de manera terrorífica en una famosa obra de teatro: La trágica historia de la vida y muerte del doctor Fausto, del dramaturgo inglés Marlowe (1564-1593). En ella se cuenta cómo Fausto vende su alma al diablo a cambio de unos goces terrenales. Es una elección entre cuerpo y alma, entre tiempo y eternidad, entre mundo y religión. Fausto elige el cuerpo, el tiempo, el mundo y acaba condenándose. Lo contrario habría sido impensable no solo en los siglos del medievo sino hasta en el siglo XVI y XVII.

Asimismo, en Fausto  aparecen constantemente demonios y espíritus, como también sucederá  en las obras de Shakespeare (es el caso de Hamlet, por ejemplo).

Está ronco el cuervo que anuncia con graznidos

 

Brujas, demonios, espectros y monstruos alados pueblan la fantasía de estos siglos. Aparecen ya en Macbeth :

Lady Macbeth.- Está ronco el cuervo que anuncia con graznidos la fatal llegada de Duncan a mi castillo. ¡Espíritus, venid! venid a mí, puesto que presidís los pensamientos de muerte! Privadme ahora de mi sexo y llenadme de la más temible crueldad, desde la coronilla al pulgar del pie: espesad mi sangre ¡Que se bloquen todas las puertas a la piedad! ¡Que no vengan a mí contritos sentimientos naturales a perturbar mi propósito cruel, o a poner tregua a su realización! ¡Venid hasta mis pechos de mujer y transformad mi leche en hiel, espíritus de muerte que por doquier estáis -esencias invisibles- al acecho de que Naturaleza se destruya!¡Ven, densa noche, ven y envuélvete en el más maldito humo de infierno, para que mi agudo cuchillo no vea sus heridas, ni el cielo atisbe  a través de las  mantas de la tiniebla  para gritar ¡basta, basta!
Coro.- ¡Basta, basta! ¡Detente!   
Lady Macbeth.  (Llega Macbeth). ¡Noble señor de Glamis y de Cáudor, aún más ilustre que uno y otro por la profética salutación de las hechiceras! tu carta me ha hecho salir de lo presente, y columbrar lo futuro, y extasiarme con él.
Macbeth. – Esposa mía, esta noche llega….
Lady Macbeth. – ¿Y cuándo se va?
Macbeth. – Dice que mañana.

Por otro lado, también encontramos el mundo de la hechicería en la obra La Celestina de Fernando de Rojas.

Nuria Espert interpretando el conjuro de Celestina

Elogio de la locura

Algo tendrá que tener la locura para que  Erasmo le escriba un  Elogio de la locura. En esta obra  la Locura  nos describe con ironía las costumbres de su tiempo.  No solo Erasmo se sintió atraído por la locura, Cervantes imaginó a un loco soñador.  Se trata  de don Quijote, cuya locura idealista es el motor que mueve la acción del caballero y provoca que transforme la realidad. La visión idealista de la vida se expresa a través de esa supuesta demencia. Encontramos también una locura instrumental: la de Hamlet. Este se finge loco para averiguar la verdad sobre la muerte del padre. Esta locura fingida provocará, sin embargo, la locura real de Ofelia.

Ofelia, cuadro de John Everett Millais

Esta locura femenina aparecerá también en otras obras de Shakespeare.  En Macbeth, es famosa la escena en que la reina Lady Macbeth es observada por su Dama y un Doctor, mientras se levanta del lecho. Se frota la mancha de sangre causada por el regicidio que ha cometido con la ayuda de su esposo:

Castillo de Dunsinania

UN MÉDICO, UNA DAMA Y LADY MACBETH

EL MÉDICO. – Aunque hemos permanecido dos noches en vela, nada he visto que confirme vuestros temores. ¿Cuándo la visteis levantarse por última vez?

LA DAMA. – Después que el Rey se fue a la guerra, la he visto muchas veces levantarse, vestirse, sentarse a su mesa, tomar papel, escribir una carta, cerrarla, sellarla, y luego volver a acostarse: todo ello dormida.

EL MÉDICO. – Grave trastorno de su razón arguye el ejecutar en sueños los actos de la vida. ¿Y recuerdas que haya dicho alguna palabra?

LA DAMA. – Si, pero nunca las repetiré.

EL MÉDICO. – A mí puedes decírmelas.

LA DAMA. – Ni a ti, ni a nadie, porque no podría yo presenter testigos en apoyo de mi relato.

(Entra Lady Macbeth, sonámbula, y con una luz en la mano)

Aquí está, como suele, y dormida del todo. Acércate y repara.

EL MÉDICO. – ¿Dónde tomó esa luz?

LA DAMA. – La tiene siempre junto a su lecho. Así lo ha mandado.

EL MÉDICO. – Tiene los ojos abiertos.

LA DAMA. – Pero no ve.

EL MÉDICO. – Mira cómo se retuerce las manos.

LA DAMA. – Es su ademán más frecuente. Hace como quien se las lava.

LADY MACBETH. – Todavía están manchadas.

EL MÉDICO. – Oiré cuanto hable, y no lo borraré de la memoria.

LADY MACBETH. – ¡Lejos de mí esta horrible mancha!… Ya es la una… Las dos… Ya es hora… Qué triste está el infierno… ¡Vergüenza para ti, marido mío!… ¡Guerrero y cobarde!… ¿Y qué importa que se sepa, si nadie puede juzgarnos?… ¿Peru cómo tenía aquel viejo tanta sangre?

EL MÉDICO. – ¿Oyes?

LADY MACBETH. – ¿Dónde está la mujer del señor Fife?… ¿Pero por qué no se lavan nunca mis manos?… Calma, señor, calma… ¡Qué dañosos son esos arrebatos!

EL MÉDICO. – Oye, oye: ya sabemos lo que no debíamos saber.

LA DAMA. – No tiene conciencia de lo que dice. La verdad sólo Dios la sabe.

LADY MACBETH. – Todavía siento el olor de la sangre. Todos los aromas de Oriente no bastarían a quitar de esta pequeña mano mía el olor de la sangre.

EL MÉDICO. – ¡Qué oprimido está ese corazón!

LA DAMA. – No le llevaría yo en el pecho, por toda la dignidad que ella pueda tener.

EL MÉDICO. – No sé curar tales enfermedades, pero he visto sonámbulos que han muerto como unos santos.

LADY MACBETH. – Lávate las manes. Vístete. Vuelva el color a tu semblante. Macbeth está bien muerto, y no ha de volver de su sepulcro… A la cama, a la cama… Llaman a la puerta… Ven, dame la mano… ¿Quién deshace lo hecho?… A la cama.

Por otra parte,el dramaturgo francés  Jean Baptiste Racine (1639-1699) se interesó  por mostrar en sus tragedias más que acciones externas los conflictos interiores de los personajes. Sus protagonistas se debaten entre sentimientos apasionados, aunque triunfa al final el sentido del deber, guiado por la razón. También eligió como protagonista de sus obras a una mujer que roza la locura: Fedra, basada en los amores de esta hacia su hijastro. En esta tragedia Hipólito deja de ser el joven misógino de la obra clásica de Eurípides  y Fedra le declara su amor al creer que su marido Teseo está muerto. Dice la Fedra de Racine:

FEDRA.- ¡Ah, dolor aún no probado! ¡Para qué nuevo tormento fui reservada! Todo lo que he sufrido, mi temor, mis transportes, el furor de mi pasión, el horror de mis remordimientos, y la insoportable injuria de un cruel rechazo, no eran más que débiles ensayos del tormento que me destroza. ¡Se aman! ¿Con qué hechizo han engañado mis ojos? ¿Cómo se vieron? ¿Desde cuándo? ¿En qué sitios? Tú lo sabías. ¿Por qué me dejaste engañarme? ¿No podías enterarme de su ardor furtivo? ¿Se les ha visto hablarse, buscarse a menudo? ¿Iban a esconderse en el fondo de los bosques? ¡Ay! se veían con todo derecho. El cielo aprobaba la inocencia de sus suspiros; sin remordimientos se entregaban a su inclinación amorosa; cada día se alzaba claro y sereno para ellos. Y yo triste desecho de la naturaleza toda, me ocultaba de día, huía la luz, la muerte era el único dios que me atrevía a implorar. Aguardaba el momento de expirar, nutriéndome de hiel, alimentada en llanto, vigilada demasiado de cerca hasta en mi desdicha, no me atrevía a ahogarme a gusto en mis lágrimas: saboreaba temblando ese placer funesto; disfrazando mis angustias bajo mi serena frente, necesitaba a menudo privarme hasta de mi llanto.

Juan Mayorga realizó una versión de la obra de Eurípides que fue dirigida por José Carlos Plaza.

Por otra parte, la excepcional dramturga británica Sarah Kane recoge y reelabora el mito clásico de Fedra e Hipólito, y nos presenta una versión contemporánea donde la figura clásica del héroe virtuoso, es transformada en un joven apático e indiferente que no hace otra cosa que ver tv, comer comida chatarra y navegar por Internet.