Mujeres abandonadas en la Grecia clásica

De novo Penélope escríbelle a Circe: “(…) Medea, a miña doce Medea, a miña meniña rebuldeira, aquela que levada polo amor trocara a súa xentileza en argucias e a súa candidez en perversiddae, vaise vingar de Xasón do xeito máis abominabel e cruel que se coñece. Vaino obrigar a renunciar a todo aquilo ao que ela renuciou por seguilo. Vaille quitar o único que estima. Sabe que será un acto terríbel co que ela mesma se mutiliará no máis profundo e borrará do seu ser calquera rastro de humanidade. Mais será tamén un novo acto de rebeldía contra o poder dos homes, un atentado contra as leis da primoxenitura. (…)

Páxina 115, Circe ou o pracer do azul

Es Medea un ejemplo, junto con Ariadna, de mujer abandonada en la literatura clásica.

Eugène Delacroix: Medea furiosa (Médée furieuse, 1862).

  Medea es la protagonista de la saga de los argonautas. El héroe Jasón, que se ha criado lejos de su país natal, Yolcos, regresa a este después de que su padre haya sido suplantado en el trono por su tío Pelias.

El usurpador es avisado por un adivino que debe guardarse de un hombre con una sola sandalia y, pensando que es Jasón, lo envía a la aventura imposible de conquistar el Velloncillo de Oro (la piel dorada de un carnero mágico). Este reúne a sus amigos los argonautas y llega hasta el confín de la tierra, la Cólquide. Allí logra el botín gracias a Medea, hija del rey Colco Eetes, la cual rebelándose contra su padre , y empleando sus artes mágicas, le ayuda a superar las pruebas necesarias para hacerse con el velloncillo. Medea traiciona así a su padre y a su patria por amor a un extraño. Se casa con él, pero Jasón le es infiel y la abandona, lo que impulsa a la heroína a una bárbara venganza: dar muerte a la nueva prometida y a los hijos que tuvo con Jasón.

 

La historia de Medea es recreada en los escenarios por tu ya conocido Eurípides:

El director de cine Pier Paolo Pasolini:

El abandono también es sufrido por Ariadna, quien con un ovillo había ayudado a Teseo a salir del famoso Laberinto que encerraba al Minotauro, un monstruo mitad toro, mitad hombre. Teseo prometió llevar a Ariadna consigo a Atenas, pero la abandonó en la isla de Naxos.

En las Heroidas de Ovidio, obra que inventa cartas de amantes míticos, se recoge la queja de la amada:

Me has mostrado que cualquier linaje de fieras es más tratable que tú. ¡A nadie podía haberme confiado peor que a ti! Las palabras que estás leyendo te las envío, Teseo, desde aquella playa de las que las velas se llevaron tu nave sin mí, y en la que para mi desgracia me traicionó mi sueño, y tú, que te conjuraste criminalmente con mi sueño.

Era el momento en que la cristalina escarcha comienza a salpicar la tierra, y las aves a quejarse, ocultas entre el follaje. Aún no despierta del todo, amodorrada por el sueño, moví mis manos, incorporándome, para abrazar a Teseo. No había nadie. Retiro mis manos y por segunda vez palpo y muevo los brazos por el lecho. No había nadie. Retiro mis manos y por segunda vez palpo y muevo los brazos por el lecho. No había nadie. Los temores sacudieron el sueño; aterrorizada me levanto, y mis miembros se lanzaron fuera del lecho solitario. Enseguida resonó mi pecho al golpe de las palmas y, según me encontraba, despeinada por haber estado durmiendo, me arranqué los cabellos. Había luna. Miro por si puedo ver algo que no sea la playa, pero mis ojos no tienen nada que mirar que no sea la playa. Unas veces hacia aquí, otras hacia allí y hacia ambos lados corro sin orden, y la espesa arena refrena mis pies de muchacha. Mientras tanto, cuando gritaba por toda la playa: “¡Teseo!”, los huecos roquedales me devolvían tu nombre, y cuantas veces yo te llamaba, te llamaba otras tanta el lugar mismo; el mismo lugar quería prestar ayuda a la desgraciada. Había un monte; se divisan en lo alto unos pocos matorrales; desde ahí cuelga un escollo, roído por las sonoras aguas. Lo escalo. El coraje me daba fuerzas. Y así puedo medir con la mirada la alta mar en toda su extensión. Desde allí -pues también los vientos fueron crueles conmigo- contemplé los lienzos tensos por el arrebatado Noto. O los vi, o tal vez fue que creí haberlos visto. Me quedé más fría que el hielo y apenas viva.

(Aquí puedes leer la epístola completa)

A continuación puedes ver un magnífico cortometraje de Sebastian Heda sobre Picasso y sus dibujos de Minotauros.

 

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