Gregor, ¿sigues ahí? (Parte VI)

Hacía una noche espléndida. Ni una sola nube cubría el cielo y desde donde estábamos no se veía rastro de población alguna por lo que se podían ver las estrellas perfectamente. No pasaron demasiadas horas hasta que todos quedamos dormidos sin importarnos el estar expuestos a la oscuridad de la noche y a los animales salvajes.

Recuerdo que dormí plácidamente.

El día siguiente nos despertó con un sol que calentaba tanto como brillaba, rozando incluso lo molesto. No sabía qué hora era.

Quise levantarme y estirarme un poco.

Al instante descubrí que mi posición no era natural y mis amigos no estaban. Mi ángulo de visión era diferente, veía mejor lo que tenía a ambos lados de la cabeza que lo que estaba en frente. Cuando levanté la vista  vi que mi cuerpo había cambiado.

Antes de intentar moverme pasó por mi cabeza la idea de que me habían disfrazado para hacerme una broma. Ese alocado pensamiento desapareció cuando moví una de mis ahora más musculosas piernas, o mejor dicho, patas. Tenía cuatro y todas acababan en unos grandes cascos. Ponerme en pie fue todo un reto. Pesaba mucho y mis extremidades eran muy largas. En un primer momento me sentí solo, luego me examiné. Tenía un pelaje marrón claro y si movía (no sé cómo) mi cola, veía un largo látigo compuesto por miles de hilos blancos.

No sabía cómo andar, tropezaba constantemente, hasta una vez intenté gritar para llamar a mis amigos, pero solo se escuchó un leve y débil relincho. Tenía sed y quería seguir sabiendo cómo era ahora asique, muy inseguramente, me encaminé al río en el que la noche anterior habíamos mojado los pies y nos refrescáramos. Allí había una niña pequeña.

Se asustaron mucho al verme aparecer y los dos adultos estaban tensos.

Me parecieron un poco pequeños vistos desde arriba.

La pequeña, ya sonriente, quiso acercarse a mí mientras yo bebía y me asusté un poco, pero rápidamente sus padres la retuvieron sin apartarme la mirada.

¿Qué podía hacer ahora? ¿A dónde ir? ¿Con quién hablar?

Javier Táboas Rico

Un 3 de enero Marcos despertó con el sonido de su despertador. Se levantó lentamente de la cama y notó un profundo dolor en la cabeza, como una fuerte presión, acompañado de un ligero picor. Al rascarse tocó un cuerno y se asustó. Miró hacia arriba y vio que tenía dos enormes cuernos blancos de vaca. Corrió hacia el baño para poder verse al espejo. Efectivamente, tenía dos cuernos pegados a la cabeza. Intentó con todas sus fuerzas despegárselos pero no pudo. Incluso pensó que alguien se los podría haber pegado con pegamento mientras dormía, así que les echó un líquido para despegar. Desgraciadamente no dio resultado y se fue al médico urgentemente. De camino a urgencias chocó con varias puertas por lo altos que eran sus cuernos. También tuvo que ir encorvado en su coche por la dimensión del tamaño de estos. Cuando estaba en la sala de espera la gente lo miraba con cara extraña. Un niño le preguntó dónde conseguir unos cuernos tan chulos. Al entrar en la consulta del médico, tras tropezarse de nuevo con la puerta, el doctor  no se sorprendió en absoluto. Lo único que hizo fue tocarlos con la mano y apuntar en un papel, con una letra ilegible, cosas que Marcos no entendía.

-¿Qué me pasa doctor?- preguntó Marcos.

-Pues que le han salido dos cuernos de vaca ¿No lo ve?- le respondió como si Marcos fuera ciego.

-No, ya, ya… Pero ¿Por qué los tengo? ¿Cómo puedo quitármelos?

-Muy sencillo ¿Alguna vez ha sido infiel a su pareja?

Marco se puso colorado. ¿A qué venía eso? No le apetecía nada admitir que la semana pasada había engañado a su novia con una amiga suya. Su novia lo mataría sin duda alguna.

-Yo… Ejem… ¿Para qué quiere saber eso?- dijo Marcos casi tartamudeando.

– Supongo que eso quiere decir que sí. Bueno, el caso es que la solución es la siguiente: Cuénteselo a su pareja y pídale perdón. Los cuernos se irán cayendo con el tiempo después de hacer eso.

-¡Pero si le digo eso me dejará!- Gritó Marcos.

-Ah, sí, posiblemente lo haga. Es el efecto secundario.

Y Marcos se lo contó a su novia. Podría haber esperado un poco de tiempo antes de hacerlo. Su novia llegaba de trabajo y todavía cargaba con el equipo. Era jardinera y esta vez llevaba unas enormes tijeras de podar. Así que cuando Marcos le contó lo que había hecho, la furia de ella fue tal que cogió sus grandes tijeras y le cortó los cuernos, aunque su intención era cortarle la cabeza. Marcos huyó de su casa. Y se juró que nunca volvería a ponerle los cuernos a alguna pareja suya. No por si le salían cuernos, más bien por si estos no desaparecían. Entonces la víctima sería su cabeza.

Alba Iglesias Amil

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(Procedencia de la imagen)

María era una chica triste, insegura, solitaria a la que también le costaba confiar en la gente. Además tenía una visión negativa de la vida. Todo esto la llevaba a encerrase en su habitación en la que se aislaba del mundo y de su familia ya que no tenía una nueva relación con ellos, en especial con su madre. Después de una fuerte discusión, se fue a dormir y cuando despertó se encontró que ya no era un ser humano sino que se había transformado en una mariposa con el cuerpo alargado, con cuatro alas grandes y de colores luminosos y vivos. Ella sabía que su vida acababa de dar un giro de 360 grados y que nada volvería a ser lo que era.

María no tardó mucho en comprobarlo. Su madre acababa de entrar en la habitación. Cuando la vio así empezó a gritar como una loca, pero al reparar en la mirada asustada de su hija se acercó a ella, la cogió en las manos y le dijo que todo iba estar bien y que no la iba a dejar sola. Desde ese momento las dos dejaron todos sus conflictos y se unieron para buscar una solución. Lo primero que hicieron fue ir a los mejores médicos, pero cuando estos veían a María se espantaban y la echaban ya que para ellos María era un monstruo. No era este el único rechazo que sufría: la gente que la veía se asustaba, salía corriendo y le gritaban cosas horribles.

María estaba acostumbrada al rechazo, pero para su madre todo esto era nuevo. Se estaba dando cuenta de lo difícil que era el día a día de su hija. El sentimiento de culpa no la dejaba dormir ya que pensaba que si hubiera pasado más tiempo con ella nada de esto estaría pasando. Un día se encontraron con una pintura en la pared de su casa que decía: “no te queremos en nuestro barrio, fuera monstruo”. Esto hizo que su madre se derrumbara por completo. María no soportó todo el sufrimiento que su transformación estaba causando a su madre. Se fue corriendo a su habitación oscura y fría en la que solía llorar. Después de pensar en todo lo ocurrido decidió que lo mejor para su madre era que ella no existiese. Así que se tomó un bote de pastillas y sus alas dejaron de volar.

Aury Medina

 Me desperté y vi cómo el techo, que siempre suelo ver como una cosa normal, estaba muy lejos de mí.
Tenía la sensación de que mirase donde mirase todo era  diez veces más grande. Eso era algo que me daba un miedo enorme. Me sentía una insignificante gota de polvo.
Tumbado en cama me empezó a picar la garganta y fue en ese momento cuando al levantarme para beber algo de agua  vi que la mesilla seguía creciendo. Y vi mi mano convertida en un ala pequeña con  múltiples plumas de diferentes colores. Recordé que en mitad de la noche, mientras dormía, tuve sensación de picor y dolor por todo mi cuerpo. En ese momento pensé : ” No será nada, tranquilízate “. Pero en este caso si había por qué preocuparse dado que tenía mi cuerpo cubierto de diminutas plumas de colores cálidos.
En ese instante me toqué la boca y sentí una sensación terrible, un miedo que superaba mis expectativas. Había notado cómo mi boca se iba convirtiendo en un áspero pico de pájaro. Tenía mucho miedo, ya que mirara donde mirara, observaba cómo  los muebles me superaban en altura unas cien veces y eso que solo estaba tumbado en mi confortable cama.
Quise levantarme para  ver cómo estaban mis pies. Atemorizado, creía que sabía lo que me estaba pasando. Así que con todas las fuerzas del mundo me impulsé, pero no pude levantarme. Muerto de miedo, pero con cierta intriga lo intenté otra vez, ayudándome ahora de mis pequeñas alas como podía.
“Lo conseguí” pensé. Allí de pie en mi cama mirando hacia los enormes muebles que tenía a mi alrededor quise acabar con todo y miré hacia abajo buscando mis pies. Al mirar, me di cuenta de que ya no los tenía, en su lugar encontré unas pequeñas patitas con unas diminutas garras.
Intenté caminar pero tropecé, me caí de cama y llegué al suelo, un suelo duro que me lastimó. Tumbada en el suelo todo era aún más grande. Ya no me sentía como una gota de polvo, me sentía aun peor. Pero para mi sorpresa en esa inmensidad de oscuridad vi un rayo de luz. Un hermoso rayo. Andando con mis pequeñas patitas lo seguí y me llevó hasta la ventana que  había dejado abierta la noche anterior para contemplar las hermosas vistas del bosque.
Como ya me había dado cuenta era un pajarito indefenso: así que empecé a batir las alas pero no me  llevó a nada. Cansado lo intenté de nuevo  cogiendo carrerilla: Entonces me elevé un poco de aquel duro suelo. Me fui un poco más atrás, tomé un bocanada de aire y empecé a correr, mientras batía las alas, como si me fuera la vida en ello. Lo conseguí, empecé a volar por aquella habitación que minutos antes me daba miedo y que ahora ya no.
Estuve volando por allí un rato. Pero quería ser libre y explorar el mundo: salí volando por aquella ventana que en un pasado me impuso respeto. El mundo, por fin, era mío.

Uxía Fernández Cerdeira

Una mañana como otra cualquiera José.T, se encuentra en un lugar desconocido y oscuro. José, esa mañana y siempre ,es un hombre normal como otro cualquiera. Vivía en Madrid, donde regentaba un bar en el centro con bastante éxito por el buen servicio y el agradable trato de los camareros. No obstante, José no era así. Él era más desagradable y a veces insolente. Su gran afición eran los toros. Se notaba al entrar en su negocio y ver por todas partes fotos de toreros, cornamentas, capotes, espadas etc. En el televisor, siempre que corrida de toros se la ponía para sus clientes y también para su disfrute propio. Se emocionaba y gritaba ´´¡pínchalo!´´ cada vez que algún banderillero o el propio torero le clavaba una banderilla en el lomo al animal.

Esa mañana, José estaba aturdido y se notaba muy pesado. Tumbado en el suelo sobre una fina capa de paja, pudo ver cómo sus extremidades se habían convertido en musculosas patas que acababan en una gran pezuña. Gracias a los pocos rayos de luz que entraban por el hueco de la puerta pudo observar que su cuerpo estaba cubierto por un duro y corto pelo negro. Y,a través de su débil sombra, también pudo divisar unos grandes cuernos encima de su cabeza. José no recordaba nada de su antigua vida, antes de aquella transformación. Ni quién o qué era, ni su anterior aspecto, nada. Estaba nervioso, ¿en qué se había convertido? Quiso gritar, pero de su alargado morro solo salió un sonoro ´´ ¡Muuuuuu!´´. Desde el exterior se escuchaba un gran griterío, música y aplausos. Intentó levantarse pero le costaba horrores erguir ese enorme y pesado cuerpo. Cuando por fin consiguió tenerse en pie (no sin un esfuerzo extraterrestre) poco tardó en cogerle el tranquillo a andar con su nuevo aspecto. De repente, desde el otro lado del gran portalón, se oyó un ruido metálico y una puerta que se abría. El animal salió sin prisa, adaptándose a la claridad y se encuentró en una pequeña pequeña plaza cubierta de arena, rodeada por unas gradas repletas de gente. Estos, al ver a José salir por el portalón, aplauderon enloquecidos como si fuera una estrella de rock. Él no entendía nada. ¿Qué hacía toda esa gente ahí? ¿Todo este griterío por verlo a él? se preguntaba el confuso animal. En un momento dado, detrás de él apareció un hombre vestido con un ceñido traje amarillo y morado cubierto por lentejuelas. En la cabeza llevaba un extraño gorro y en la mano derecha una especie de manta de color violeta. José sintió un irrefrenable impulso de abalanzarse sobre ella. Y así lo hizo, una y otra vez sin éxito. Cada vez que lo intentaba, la manta desaparecía por encima de su cabeza. A la gente que veía el espectáculo les parecía divertido y aplaudían sin parar. El animal no entendía qué era tan divertido…

Cuando ya se encontraba algo cansado de repetir varias veces la acción anterior, notó que, a sus espaldas, otro hombre le clavaba en el lomo puntiagudas banderillas. Esta operación se repitió varias veces hasta que de su lomo salieron ríos de sangre. Su dolor era inmenso, y aquella gente seguía aplaudiendo, se divertían viéndolo sufrir. ¿Por qué me hacen esto? Yo no les he hecho nada…” pensaba el malherido José. Aquellas personas pedían más y más sangre sin piedad alguna. El animal no  podía más, luchaba y luchaba, pero todo era en vano. Seguían clavándole banderillas y seguía sin dar con aquella manta que sostenía el del traje raro. José estaba tambaleando. Entonces, de detrás de la manta, el trajeado sacó una fina espada, que rápidamente clavó en la espalda del animal. Se desplomó. ¿Por qué voy a acabar así? ¿Cómo podía disfrutar alguien de esta tortura que estoy sufriendo? En un último esfuerzo, José se levantó e embistió con rabia, gritando de dolor, luchando contra el frío acero que destrozaba su interior. Era inútil. Se desplomó en el suelo, con la boca y el cuerpo cubiertos de sangre y las mejillas llenas de lágrimas. El trajeado se acercó al cuerpo demacrado del animal, y puso su cara a la altura de la del toro. En un último suspiro, mirando a los ojos a su asesino y con un alboroto de fondo, lo recordó todo.

¡Oh Dios mío, tú,  hombre que un día llamé valiente héroe, ahora te nombro cobarde villano! Que yo no tengo más armas para defenderme que estos dos cuernos y tú que tienes una espada y 1000 secuaces. No has tenido piedad de mí. Tú, que dices que amas a este animal que soy que no eres más que el toro. Discurso que yo creí y defendí ¡Cuánto me arrepiento de haber sido uno de esos bárbaros que aplauden mi tortura y muerte! No entiendo cómo pude defender esto. Lo llaman arte y solo es muerte. Ahora solo me que queda pedir perdón por mi vida pasada y cerrar los ojos.

Al hombre trajeado no le bastó con ver a José demacrado y ya sin vida. No era suficiente. Cortó sus dos orejas como trofeo, las cuales aún podían oír cómo aplaudían su final. Sacaron a aquel hombre a hombros de aquella plaza, y algunos gritaban: “Ahí va un héroe”. Yo en cambio diré que ahí va un cruel asesino…

Carlos Amil

 

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