Gregor, ¿sigues ahí? (Parte V)

Seguimos con vuestras metamorfosis:

Después de cenar, había ido a acostarme como de costumbre, pero esta vez con la esperanza de que aquella rara sensación terminase saliendo de mì. Una vez en cama, conseguí conciliar el sueño varias veces, pero no tardaba mucho en despertarme por culpa de alguna pesadilla, y aquella sensación no solo continuaba, sino que cada vez incrementaba un poco más. No sería capaz de describirla con palabras, únicamente podría decir que era bastante desagradable.

Miré el reloj, aún eran las dos. Me dormí por fin, y cuando me desperté no daba crédito alguno a lo que mis ojos contemplaban.  Continuamente me preguntaba qué era eso, qué había pasado y pensaba que solo podía ser otra de las horribles pesadillas que esa noche estaba teniendo. Todo lo que veía a mi alrededor era diez veces más grande de lo normal. Boca arriba, tumbado en mi cama deseaba ansioso despertar de aquella supuesta pesadilla. Finalmente, me di por vencido y decidí empezar a asimilar mi situación y a pensar qué remedio podía acabar con todo aquello. De lo que no me daba cuenta era de que ya no había solución.

Una vez asimilado, quise levantarme pero realmente no sabía cómo actuar: me había convertido en un bicho, en un insecto. Sí, ese animal al que tanta fobia le tuve desde pequeño. Cuando intenté ponerme en pie, me di cuenta de que no sabía cómo hacerlo, por lo que comencé a balancearme, y así, con suerte poder caer en el suelo boca abajo, de esta manera, a continuación me dirigiría al baño. Así fue, tal y como deseaba y sin hacer ruido. Cada paso que daba y a medida que iba avanzando, sentía un dolor inhumano e insoportable.

De camino al baño pensaba, que mi situación era tan frustrante como agobiante, pues no podía hablar con normalidad, cuando lo intentaba un agudo chirrido salía de mi boca, este, además de ser molesto me recordaba la triste situación en la que me encontraba.

Después de pasarme más de media hora frente al espejo del baño contemplando mi aspecto actual, pensé en cómo mi familia podría tomarse la noticia. O bien, lo entenderían e intentarían ayudarme a salir adelante, o lo más probable, me verían como un insecto (lo que realmente era en esos momentos) y pensarían que solamente tendrían que deshacerse de mì. Siendo realista y conociendo a mis padres, seguramente no lo entenderían. Ante esto, decidí volver a mi cama y esperar para ver què pasaba.

Dos horas más tarde, todos se habían levantado ya y al ver que yo no respondía, vinieron a mi cuarto para ver què ocurría. Al entrar, fue mi hermana la que me lanzó una mirada que me transmitió comprensión. A continuación, comenzó a llorar. Acto seguido, entraron mis padres, cuya cara no transmitió sorpresa alguna al verme así. Mandaron salir a mi hermana de la habitación, y solo se dijeron: ”Ya está, ha ocurrido, hay que deshacerse de él.”

Lara Domínguez Bohúa

Ilustración de La metamorfosis de Paco Roca, en la edición de Astiberri

Estos días me siento un poco cansada. Muchas veces creo necesitar un cambio y hasta llego a desearlo.

Hoy me he levantado como siempre para ir al instituto.

Me siento un poco rara, como si ya no tuviese la sensación de estar obligada a fingir que estoy bien frente a los demás. Puedo llorar, ser desagradable o decir lo que quiera sin la crítica continua de la gente.

Ahora mismo mi madre está destrozada por verme así y mi padre se encuentra peor. Me importa cómo se sienten pero creo que en este momento debo ser un poco egoísta.

Me voy a clases. Allí mis amigos me preguntan qué me pasa, que estoy rara. Yo me molesto y les contesto de mala manera, les digo si es necesario estar riéndome todo el día para que consideren que estoy bien o normal. Entonces me preguntan si estoy deprimida, yo digo que puede, me preguntan por qué pero yo no sé qué contestar.

¿A qué se debe este brusco cambio de pasar a ser una persona que se diría feliz a llorar todos los días y verse como una inútil e incomprendida?

Pasan las horas y en más de alguna clase siento unas repentinas ganas de explotar y salir corriendo, huir y refugiarme en mi caparazón.

Llego a casa y mi madre intenta alegrarme, yo no hago caso. Como con desgana y me voy a mi habitación, donde acabo por deprimirme más. No lo veo todo como ayer, las cosas están cambiadas y creo que yo también.

Pienso acerca de este cambio que sufro. Por una parte, debería preocuparme por mí, pero por otra creo que lo interrumpo, porque empiezo de nuevo a ser consciente de las opiniones y pensamientos de los demás y de las consecuencias que tendrá está transformación en mi interior.

Duermo toda la noche hasta el día siguiente. Me despierto golpeada por sentimientos contradictorios: la culpabilidad por dejar ver lo que siento, liberación al mismo tiempo o incluso miedo pero también alegría. Todo esto solo incrementa la incomprensión en la que me siento perdida, pero tendré que enfrentarme al cambio y sus consecuencias.

Ángela Tellado

Un buen día por la mañana me desperté, abrí los ojos y me encontré en una habitación idéntica a la mía, pero con la diferencia de que era increíblemente más grande. Me quedé un rato observando la bombilla del techo ya que no era capaz de verme con toda la libertad posible. Me sentía raro, extraño y sin control sobre mis extremidades. Más tarde, entró en la habitación mi hermano. Me cogió y me levantó, me di cuenta mirándome al espejo de la pared de que me había transformado en un lápiz con ojos saltones y un pelo rubio sobre la parte de arriba. Estos eran los únicos rasgos que se mantenían de mi apariencia. Mi hermano no se dio cuento de que era yo. Solo era un lápiz normal. Este, me llevaba todos los días al colegio, donde me gastaba utilizándome para ejercicios, exámenes y trabajos. Yo sufría enormemente cuando me utilizaba para hacer trabajos de libros optativos de castellano ya que eran largos, extensos y enrevesados. Me afilaba con aquel afila lápiz verde de pececitos azules,  que cada vez que me pasaba por encima me dolía intensamente como si me estuviesen cortando partes del cuerpo. Un buen día llegó el momento de acabar con todo ese dolor, ya que llegó a los ojos y después de dos segundos de increíble sufrimiento, se acabó todo, dejando de sentir dolor. Poco a poco fui perdiendo sentido y consciencia hasta el momento de no quedar rastro de mí, de ese lápiz de ojos saltones y de pelusa de color rubio.

Diego Guerreiro

Diferentes cubiertas de La metamorfosis

Todo comenzó una fresca mañana de primavera. Nada más despertarme me di cuenta de que mi cuerpo, como flotando en el aire, descansaba sobre una especie de colchón enorme en lo que parecía ser un cuarto adornado en todas y cada una de sus paredes. Quizás demasiado recargado. No tenía ojos en la cara para observarlo todo, pero pronto me percaté de que mis cuatro pequeñas y peludas patitas se habían convertido en dos fuertes piernas y en ese preciso instante me di cuenta de que me había convertido en uno de ellos, en uno de esos seres repugnantes y malévolos que dominan el mundo, que se creen dueños de nosotros y nos pueden maltratar a su antojo; en ese mismo instante me di cuenta de que mi frágil alma de perro salchicha se había convertido en un alma humana, como la de mi asqueroso dueño. ¡Mejor así!, pensé en un primer momento, por lo menos no tendría que volver a soportar las palizas y los maltratos de mi amo.

En muchas ocasiones deseé que me abandonara, que me dejase tirado o incluso que me matase, pero por lo menos ahora podría ponerme a su altura, ahora podría plantarle cara ya que, en apariencia al menos, era igual o incluso mejor que él.

Enseguida pude percibir a través de uno de los grandes ventanales de aquella sala que no me había movido de mi propia casa, la lujosa mansión que mi dueño, cómo no, había comprado hacía ya dos años y que, como las otras ochocientas mil que tenía a lo largo del país, formaba parte de su gran herencia que pasaría de generación, en generación y bla, bla, bla, bla…

¿Y de qué le servía eso?

Intenté levantarme y, en contra de que me había parecido a mí al principio, resultó más fácil de lo que yo pensaba.

Gracias a mis largas excursiones por toda la casa y todas mis exploraciones por los más recónditos sitios de aquella mansión en mi vida perruna pude orientarme desde esta extraña perspectiva y altura, la cual aún no dominaba para nada bien.

Mi sorpresa fue que no encontré a mi amo por ningún sitio. Él, que siempre estaba sentado en su enorme sillón, viendo la tele, leyendo el periódico o como él decía “simplemente descansando de su agotadora jornada” (¡Qué vida más ajetreada! Del sillón a la mesa y de la mesa al sillón. Sin pasar por alto las muchas ocasiones que se reservaba para pegarme o reprocharme cualquier tontería, para eso sí tenía tiempo).

La metamorfosis ilustrada por Paco Roca

Decidí no darle importancia, simplemente porque no me importaba qué había sido de él. No por nada en concreto, sino porque a él tampoco le importaría lo que me hubiese pasado a mí si desapareciese de un momento a otro.

Después de toda la mañana dando vueltas decidí ir a ver mi antigua caseta, mi antiguo hábitat. Me llevé un gran chasco cuando nada más llegar vi a un perro de apariencia inquieta que corría de un lado para otro. Evidentemente, el amo ya me había reemplazado, era de esperar. Pobre criatura, parece tan feliz, no sabe lo que le espera. Quizás yo mi primer día también saltaba feliz como una lombriz, pero se me pasó la euforia, mis ojos fueron perdiendo el brillo poco a poco, y con él, mi vida entera fue desvaneciéndose.

Nada más verme, el perrito adorable que me había parecido antes, se transformó en una fiera y empezó a ladrarme como si fuera su peor enemigo. Y no sé en qué momento me di cuenta, quizás fue por su inquietud, por su manera de comportarse, por cómo corría en círculos mordiéndose la cola o, principalmente, por la rabia que tenía contra mí y que le salía a borbotones. El dulce perrito que ahora habitaba mi caseta era el señor de la casa el que, misteriosamente igual que yo, se había transformado de la noche a la mañana.

Y en cierta parte tenía sentido lo que yo decía, porque su personalidad era la misma, sus reacciones contra mí eran las mismas, nunca comprendí por qué sentía tanta rabia hacia mí. La diferencia estaba en que ahora yo tenía la sartén por el mango, y ahora yo podría hacer lo que quisiera con él como él lo había hecho todos estos años conmigo. Pero, la diferencia entre él y yo es, simplemente, todo.

Alba Giráldez (esta metamorfosis de Alba me recuerda un poco a esta de Augusto Monterroso)

Fotograma de Metamorfosis, el cortometraje de Fran Estévez (aquí puedes leer una entrevista en la que habal sobre el rodaje)

LAS MEMORIAS DE LA METAMORFOSIS DEL QUILÓPODO EN BLATODEO

Caminaba como de costumbre por el mismo lugar. Había llovido la noche anterior y yo lo notaba, pues la tierra a esas horas de la mañana seguía húmeda.

Decidí que era hora de salir y me puse a excavar un pequeño agujero en la arena con el fin de encontrarme en unos minutos en el exterior. Pero algo no funcionaba. Desde hacía unos días notaba en mi cuerpo una sensación de transformación: una mengua de mi tamaño y a una sensación de cambio de piel. Ese día me di cuenta. Al intentar excavar vi que me faltaban patas. Mi cuerpo alargado y blando se había convertido en un pequeño segmento cubierto de un cascarón que tenía en su cima dos alas, que por el momento no sabía utilizar. Mis cuarenta y dos patas se habían reducido a seis, y mis antenas, antes largas y enrolladas habían dado paso a unas extremadamente rectas. Me sentía patoso dentro de ese cuerpo que no era el mío.

Lo primero que intenté hacer fue moverme, buscar algo que me pudiera ayudar, aunque era difícil, pues estaba rodeado de tierra por todos los lados. Intenté entonces caminar, hacia ningún sitio, pues parecía que mis patas no reaccionaban a mis señales. Estaba acostumbrado a moverme con aquel cuerpo alargado y ágil, pero este se me hacía pesado. Pensé que la mejor opción era tumbarse y esperar. Intenté cambiarme de posición con la mala suerte de que tropecé y mi cuerpo se giró, quedándome boca arriba, sin ninguna posibilidad de defensa ni de poder levantarme. Gasté todas mis fuerzas en intentar darme la vuelta, hasta que lo conseguí. Me notaba exhausto y cansado y aquel sitio cada vez era más pequeño. Sentía que no podría aguantar mucho tiempo más en aquellas condiciones. Volví por enésima vez a excavar, pero por más que lo intentaba no podía. Aquellas patas, que cuanto más atrás estaban más grandes eran, no se sujetaban lo suficiente a aquella tierra. Sentía que a cada paso mi cuerpo se hundía más. Me puse a investigar cómo funcionarían mis alas. Para mí era algo nuevo y extraño, no sabía cómo estimularlas y encima con aquel cuerpo no conseguía verlas lo suficientemente bien.

La arena se me venía cada vez más encima, me enterraba cada vez más y volvía a sentir que aquel lugar no era el mío, y que necesitaba salir de allí.

Empecé a agitar de forma extraña, mas bien por intuición, mi cuerpo, con la intención de que también se movieran mis alas. Lo intenté con todas mis ganas, hasta que lo conseguí. Noté unas pulsaciones en mi parte superior del cuerpo, ahora dura, y después unas cosquillas. También noté que pesaban más de lo que imaginaba, así que las agité más fuerte.

Sentí entonces un cúmulo de tierra húmeda que caía sobre mí y me enterraba. No pude salir, no pude moverme y sentí cómo se apoderaba de mí un cansancio del que sabía que no iba a recuperarme. Respiré y me dejé ir.

Paula Lago

La metamorfosis por La Fura dels Baus y Javier Daulte

Cuando Gerardo de Diego Montoya abrió los ojos, tras aquella noche de la que él no conservaba recuerdo alguno, no notó nada fuera de lo común. A pesar de haber dormido más de diez horas y de haber ignorado el despertador que había sonado hacía cuatro – durante hora y media y a máximo volumen –, seguía teniendo sueño. Como siempre desde hacía quince años.

Aunque había conseguido separar los párpados después de menos intentos que otras veces, las pestañas de arriba se le pegaban con las de abajo y no era capaz de enfocar bien la vista. Además, tenía la boca reseca por haber dormido con ella abierta. Un rastro de saliva cruzaba su mejilla izquierda desde la comisura del labio hasta el borde de la mandíbula.

Con un leve mareo causa de haber dormido demasiado, se levantó de la cama con el único fin de vaciar la vejiga y avanzó con pasos de zombi hacia el cuarto de baño. Quizá debido al atontamiento mañanero, Gerardo no percibió la repentina ligereza de su cuerpo, ni el peso del pecho, ni ninguno de los cambios físicos que presentaba con respecto a la noche anterior.

LA FURA DELS BAUS LA METAMORFOSIS (Franz Kafka) La habitación en la que se desarrolla la ...

Entrando en el baño pudo haberse dado cuenta al reflejarse en el enorme espejo que ocupaba gran parte de la pared, pero en aquel momento su vista no era demasiado buena y lo único en que pensaba era en llegar deprisa al retrete. También podría haber llegado a la conclusión de que algo fallaba cuando intentase orinar de pie, pero por casualidades de la vida le fue necesario sentarse.

Y pese a que cualquier otra persona capaz de continuar ignorante hasta ese momento habría notado al fin el problema llegado el punto de usar el papel higiénico, Gerardo tenía por costumbre permanecer ajeno a todo lo que lo rodeaba, aunque le afectara directamente. Tampoco era demasiado propenso a hacer ninguna clase de esfuerzo mental nada más levantarse de la cama.

Sin embargo, cuando se plantó frente al lavabo, le pareció que su reflejo tenía un contorno un tanto peculiar, pero le quitó importancia achacándolo a un efecto óptico provocado por la deslumbrante luz de la bombilla en sus ojos legañosos. Esa hipótesis perdió todo fundamento después de lavarse la cara a conciencia y ver con total claridad a la versión femenina de sí mismo devolviéndole la mirada desde el espejo.

Gerardo y su reflejo pasaron unos cuantos segundos, o quizá más de un minuto, mirándose fijamente sin inmutarse. Gerardo no acababa de entender la situación. Era consciente de que se estaba observando a sí mismo, pero al mismo tiempo le parecía estar frente a otra persona. Movió un brazo, cambió la cara, e hizo algunos otros gestos que su reflejo imitaba sólo para convencerse de que era él de verdad. Pero ya lo sabía.

Lo primero que pasó por su mente no fue “¿Por qué?”, pregunta que la mayoría de la gente se haría en esas circunstancias, sino el hecho de que necesitaría un nombre nuevo. Y no sólo eso, tendría que cambiar todos los documentos que estaban a su nombre. Y decírselo a sus padres. Y a su hermana. Y a sus abuelos. Sabía que a su abuelo le haría mucha gracia su nueva condición.

LA FURA DELS BAUS LA METAMORFOSIS (Franz Kafka)

Continuó mirándose en el espejo un poco más. Ya no trataba de asimilarlo, ahora examinaba con atención, todavía forzando los ojos un poco, sus nuevos rasgos. Era obvio que ella era él. Seguía teniendo los mismos ojos oscuros, uno algo bizco; la misma nariz de su padre, aunque tal vez un poco más pequeña; las pecas heredadas de su bisabuela – que salpicaban no sólo la cara sino también brazos y piernas –  y el pelo cobrizo de su familia paterna. Había hecho bien en no cortárselo; la media melena le quedaba mejor en ese momento que antes.

Dejó cierto espacio entre él y el lavabo para poder observar más superficie de su cuerpo nuevo. Había perdido algo de peso, o a lo mejor este se había trasladado a su busto y cadera. En general, tenía menos vello: en el dorso de las manos, en el pecho, en la barbilla… pero el de las piernas permanecía casi intacto. Su cuerpo había tomado forma femenina, pero no de revista. “La naturaleza no hizo a las mujeres así”, recordó que había dicho alguien de la familia en algún momento de su infancia.

Terminado el análisis, volvió a la habitación en busca de su teléfono móvil. En el camino tropezó con su gato, Rondel, que lo miró con superioridad (porque era un gato) y maulló agitando la cola con mal humor. Gerardo masculló una disculpa, lo cogió en brazos y echó mano de su móvil mientras Rondel le clavaba las uñas en el hombro.

Durante unos momentos recorrió todos los contactos del teléfono, pensando en quién sería la persona más indicada para plantearle la situación sin demasiado revuelo. Antes de darse cuenta ya había llamado.

– ¡Hombre, Gerardillo! ¿Qué tal?

Gerardo colgó tan pronto oyó la voz de su madre. No sabía cómo se oiría la suya, y no creía buena idea hablarle a su madre con una voz desconocida. Así que hizo un par de pruebas cantando trozos de canciones y se dio cuenta de que sí, su voz era más aguda. Y llamó a su hermana. Le salió el buzón de voz.

Gerardo resopló y tiró el teléfono encima de la cama. En ese momento le llegó un mensaje. De su hermana: “Estoy en clase. ¿Qué quieres?”. Gerardo empezó a contarle su despertar de esa mañana tecleando lo más rápido que podía. Beatriz debió tomárselo como una tontería de su hermano, lo cual era una suposición lógica, y muy probablemente apagó su móvil.

LA FURA DELS BAUS LA METAMORFOSIS (Franz Kafka)

Desesperado, Gerardo decidió recurrir a la persona más confiable – a su juicio – después de su madre y Beatriz.

– ¿Gerardo?

– Abuelo.

Su abuelo escuchó todo lo que tenía que decir y cuando terminó su relato de la última media hora se echó a reír. Tal y como Gerardo había predicho.

– Si Gregor Samsa se hubiese despertado como tú – dijo –, dudo que ese libro se hubiera publicado.

– ¿Una mujer es peor que una cucaracha?

– Depende de a quién le preguntes. Yo me alegro de que seas mujer y no insecto.

Gerardo se animó después de hablar con él. Siempre había considerado a su abuelo un ejemplo a seguir. Estaba seguro de que en el mundo no había nadie que supiese más de la vida que ese hombre con aspecto de guerrero nórdico. Claro que es lo que se suele pensar de los abuelos, por lo menos al principio.

Los veinte minutos siguientes a la conversación telefónica los dedicó a jugar con su gato y a hacerle fotos, tarea importantísima que consumía gran parte de su tiempo cada día. Él habría seguido otros cuarenta o cincuenta minutos más si no hubiera oído el inconfundible sonido de cierta camioneta vieja debajo de su ventana.

Se puso una bata de cuadros que cogió del armario y abrió la puerta cuando su abuelo llamó al timbre. Venía con otro hombre, algo más joven y no tan grande, ambos cargados con enormes y pesadas cajas de cartón que dejaron en el suelo en cuanto Gerardo se hizo a un lado para dejarlos entrar.

– ¿Cómo está mi nieta favorita? – preguntó con el rostro enrojecido por el esfuerzo.

Francisco de Diego era un hombre de tamaño considerable, que a pesar de la edad seguía en buena forma y conservaba casi todo el pelo. Tenía una barba poblaba que irritó toda la piel del cuello a su nieto cuando le dio un abrazo y unos brazos que casi lo partieron por la mitad.

– Este es Luis – dijo señalando al que lo acompañaba, que saludó con un movimiento de cabeza –. Tenía en casa alguna ropa de su ex mujer y ha pensado que a lo mejor no tenías qué ponerte.

Gerardo dio las gracias al tal Luis, sin preguntarse en ningún momento de qué conocía a su abuelo ni por qué tenía tanta confianza con él como para darle la ropa de su ex mujer a un nieto ajeno que ni siquiera era consciente de su existencia. Tampoco se mostró sorprendido cuando su abuelo lo rodeó cariñosamente con el brazo mientras caminaban de vuelta al ascensor.

Cerró la puerta y observó durante largo tiempo las cajas de ropa que esperaban ser abiertas en la alfombra del recibidor. Los maullidos de Rondel precedieron su llegada por el pasillo y el gato empezó a restregarse ronroneando contra el borde de una de ellas.

Gerardo suspiró y abrió la caja, tomando la actitud de Rondel como un presagio de que allí había algo que merecía la pena.

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Después de haberse vestido con unos vaqueros y una camiseta de manga corta normal y corriente – y de haber descubierto que usaba la misma talla de sujetador que la ex mujer de Luis –, Gerardo decidió que había llegado el momento de salir a la calle.

Lo primero que hizo una vez fuera fue irse a comer un bocadillo a la hamburguesería en la que trabajaba uno de sus mejores amigos, que seguía siendo su persona de mayor confianza – fuera de la familia – a pesar del incidente del día anterior.

Apenas se había sentado en una de las mesas de la terraza cuando salió a atenderle, con el polo rosa del uniforme y la gorra a juego.

– Hola, guapa, ¿qué vas a tomar?

Gerardo lo miró y suspiró con cansancio. Ya habían tenido un montón de veces aquella conversación.

– Ya deberías saber – le dijo – que las personas necesitan respirar entre que se sientan y deciden qué pedir. Pero quiero un bocadillo de tortilla con beicon, como siempre, y de beber, un refresco de limón.

Pablo se lo quedó mirando estupefacto, sin comprender por qué aquella chica que veía por primera vez en su vida le hablaba como si lo conociese de toda la vida. Asintió con la cabeza y se fue, sin siquiera haber apuntado el pedido en la libreta. Aunque tampoco hacía falta, pues las palabras de aquel ser tan maravilloso a sus ojos habían quedado grabadas en su mente.

Gerardo tardó un poco en intuir el por qué de aquella reacción tan densa por parte de su amigo. Después cayó en la cuenta de que su cuerpo ya no era su cuerpo y siguió sin acabar de comprenderlo. Entonces recordó una noticia que había leído no hacía mucho sobre un estudio psicológico que demostraba que los hombres tendían a comportarse de forma más ilógica cuando había mujeres delante. En aquel momento le había parecido una soberana tontería.

Le llevaron el refresco y, mientras esperaba por su bocadillo, se le ocurrió que podría ser interesante ver cómo se comportaban en general los hombres de su círculo ante el nuevo Gerardo. Pero a Pablo lo necesitaba. Aquel chico del que no se había separado desde parvulitos no iba a fallarle ahora.

Al acabar de comer decidió hacer algo con sus piernas mientras el turno de Pablo no acababa y se metió en un salón de estética cercano. Sólo había entrado a preguntar, pero resultó que no había más clientela en aquel momento e insistieron en atenderlo al instante.

Lo mandaron quitarse los pantalones y tumbarse en una camilla. Gerardo había entrado un poco asustado, pero se había tranquilizado un poco pensando que todas las chicas hacían aquello, no podía ser tan malo. Cuando le quitaron la primera banda de cera de la pantorrilla, tuvo claro que no iba a pasar por eso nunca más.

Esa tarde no fue a ver a Pablo. Tras salir de nuevo a la calle, con una desquiciante sensación de hormigueo en las piernas y con la tela de los vaqueros rozando su piel maltratada y enrojecida, quiso volver a casa y meterse de cintura para abajo en agua fría durante mucho, mucho tiempo.

En la esquina de la calle en la que vivía había un bar. Nunca le había prestado demasiada atención, pero esa tarde no pudo ignorarlo. En la puerta, cerveza en mano, había tres hombres de entre treinta y cuarenta años. Uno de ellos, el calvo, miró a Gerardo de arriba abajo y le dio con el codo a uno de los que tenía al lado. El otro silbó. Gerardo no daba crédito.

– Eh, guapa, ¿eres de por aquí?

Era la segunda vez en menos de tres horas que se referían a él con la palabra “guapa”. Si le hubieran preguntado el día anterior si consideraba ofensivo ese tipo de comportamiento él hubiese dicho que no. Pero después de ver la forma en que lo miraban aquellos tres se sintió asqueado. No era un halago, ni un cumplido, ni un intento por hacer que se sintiera mejor consigo mismo.

– ¿Cómo te llamas?

Gerardo los miró con desdén y siguió caminando con paso firme hacia su casa, mientras ellos seguían mirándolo y riéndose. “Cuidado, igual es una feminazi”, oyó que decía uno entre carcajadas. Obviamente no habían intentado elogiarlo en ningún momento.

En cuanto llegó a casa lo primero que hizo fue quitarse los pantalones, suspirando con alivio cuando el aire acarició sus hinchadas e irritadas piernas. Después se deshizo de la camiseta y del maldito sostén, que pese a no estar muy apretado le oprimía el pecho y lo hacía sentirse falto de libertad.

Se puso una camiseta vieja suya, con olor a Gerardo, y llenó la bañera lo justo y necesario para que le cubriera las piernas. Antes de entrar en el agua dio de comer a Rondel y aprovechó para coger una tableta de chocolate que tenía guardada.

Y una vez en la bañera, con el chocolate en la mano, el pelo recogido con una pinza y la camiseta de Transportes Montoya levemente metida en el agua, decidió que ya no iba a ser más Gerardo. Iba a llamarse Frida, o tal vez Virginia, o quizá adoptaría el nombre de alguna de aquellas mujeres que había estudiado en clase y cuya lucha había menospreciado porque según su visión del mundo todo era bonito y maravilloso.

LA FURA DELS BAUS LA METAMORFOSIS (Franz Kafka)

Hasta el día anterior había considerado normal y aceptable todo lo que él acababa de vivir, y a pesar de que ni siquiera llevaba un día entero en un cuerpo de mujer, ya sentía una enorme brecha. Porque él mismo había colaborado manteniéndola abierta. Había permanecido indiferente ante una situación continua de humillación de la mujer como alimento de la dignidad del hombre. Había asimilado completamente el hecho de las mujeres no tuvieran vello corporal, pese a que sí lo tenían y se veían obligadas por un ente invisible a hacerlo desaparecer para resultar atractivas, y no a ellas mismas precisamente. Había estado de acuerdo con que tres hombres en un bar pudieran utilizar el paso momentáneo de una desconocida frente a ellos como un entretenimiento, como si el hecho de que ella entrase en su campo visual les otorgara un derecho divino a decirle lo que les viniera en gana.

Desde el principio había mostrado su apoyo al sistema permitiendo que se considerara a las mujeres meros objetos de consumo por la simple razón de que él no sabía lo que era ser cosificado. Y pese a que sólo se había sentido denigrado hacía unas pocas horas, sentía miedo y angustia al imaginar todas las injusticias que el patriarcado capitalista le había podido ocultar a un hombre blanco heterosexual y que ahora sería libre de hacerle explotar en plena cara.

Pero el silencio lo había hecho cómplice. Así que ahora le tocaba redimirse.

                     Ángela Costas

Todo comenzó la mañana del 20 de Noviembre. Como todos los días Katnish se levantó a las 7:30 de la mañana para prepararse para ir al instituto, pero esta no era una mañana como todas las demás. Cuando se despertó se dio cuenta de que algo había cambiado, ya que le costaba mucho darse la vuelta y sentarse en la cama. Es lo que hacía siempre para ponerse las zapatillas antes de ir a despertar a sus hermanos pequeños.

Cuando consiguió ponerse de pie observó que estaba mirando hacia el techo y que no podía girar mucho la cabeza. Lentamente se fue acercando hacia el espejo que estaba sujeto al armario empotrado que se situaba al lado de la puerta. Cuando observó su cuerpo  delante del espejo, apreció que no era igual que siempre, había cambiado .Su cuerpo era redondo y su espalda estaba cubierta por una especie de caparazón que se abría como si fueran dos puertas  de las que salían una especie de alas que la podían mantener en el aire. Aprovechando que podía volar, se dio la vuelta para observar mejor su aspecto. Descubrió que su espalda era de color rojo y que estaba totalmente completa de lunares del mismo color que llegaban hasta su cabeza tornándola azabache, de la que le salían unas antenas negras.

Su madre, que se levantaba antes que ella para preparar  el desayuno, subió a la planta superior de la casa para llamarla: “¡Katnish,  baja a desayunar!”. Cuando tocó en la puerta, esta se abrió dejando al descubierto el nuevo aspecto de Katnish, que hizo que su madre gritara del susto y más tarde se desmayara dejándose caer en el suelo. Cuando recobró el sentido, se preguntó por qué le había ocurrido eso a su propia hija.

Los días pasaban y Katnish cada vez se iba acostumbrando mejor a su cuerpo. Pero siempre oía a sus dos hermanos pequeños preguntarle a su madre que por qué no jugaba, no cenaba y comía con ellos. Y lo más importante, que por qué ella no les dejaba entrar en la habitación para verla. La madre, disgustada, les respondía que no se encontraba bien y quería estar sola. Un día su curiosa hermana pequeña, Tris, decidió entrar en su habitación junto con su hermano. La acompañó  Tobías . Cuando Katnish los vio se quedó quieta del miedo lo que produjo que los dos hermanos salieran corriendo de su habitación llorando. Cuando le contaron a la madre lo que habían visto, la madre les dijo la verdad y desde ese día no volvieron a entrar en su habitación.

Habían pasado poco más de un mes, cuando la madre de Katnish comenzó a entrar en la habitación de su hija para dejarle comida. Era la primera vez que lo hacía, ya que desde la transformación se la ponía en la puerta y con una escoba se la empujaba hacia adentro. Este avance en el comportamiento de la madre, le producía a Katnish mucha alegría. Por otro lado, cada vez controlaba mejor a su cuerpo y siempre que su madre entraba en la habitación para dejarle la comida, recogerla o simplemente limpiar un poco el suelo por donde andaba Katnish, ella se escondía debajo de la cama cubriendo su cuerpo con las sábanas. Pero se sentía muy sola ya que no podía hablar con nadie ya que cada vez que lo intentaba le salía un pitido muy molesto que nadie entendía. Una mañana su madre descubrió que Katnish la estaba esperando en la cocina, que se acercó a ella despacio para que no se asustase, pero cuando estaba muy cerca, su madre le golpeó con el palo de hierro de la cocina de hierro pensando que le iba a atacar. En ese momento Katnish se cayó al suelo dolorida y se fue volando a su habitación. Esa noche, Katnish no comió nada de lo que su madre le había puesto para comer, como siempre unas hojas de lechuga. Se tumbó en el suelo y se puso a pensar en la reacción que había tenido su madre esa la mañana cuando la encontró en la cocina.

A la mañana siguiente la madre se acercó a la habitación de su hija para pedirle perdón por su comportamiento, pero cuando abrió la puerta  Katnish no estaba escondida debajo de la cama como todos los días ni tenía su cuerpo de color rojo intenso, sino que por lo contrario, estaba extendida sobre el suelo con su cuerpo pálido y con un rostro que transmitía paz.

Uxía Casal

Todo comenzó una fresca mañana de primavera. Nada más despertarme me di cuenta de que mi cuerpo, como flotando en el aire, descansaba sobre una especie de colchón enorme en lo que parecía ser un cuarto adornado en todas y cada una de sus paredes. Quizás demasiado recargado. No tenía ojos en la cara para observarlo todo, pero pronto me percaté de que mis cuatro pequeñas y peludas patitas se habían convertido en dos fuertes piernas y en ese preciso instante me di cuenta de que me había convertido en uno de ellos, en uno de esos seres repugnantes y malévolos que dominan el mundo, que se creen dueños de nosotros y nos pueden maltratar a su antojo; en ese mismo instante me di cuenta de que mi frágil alma de perro salchicha se había convertido en un alma humana, como la de mi asqueroso dueño. ¡Mejor así!, pensé en un primer momento, por lo menos no tendría que volver a soportar las palizas y los maltratos de mi amo.

En muchas ocasiones deseé que me abandonara, que me dejase tirado o incluso que me matase, pero por lo menos ahora podría ponerme a su altura, ahora podría plantarle cara ya que, en apariencia al menos, era igual o incluso mejor que él.

Enseguida pude percibir a través de uno de los grandes ventanales de aquella sala que no me había movido de mi propia casa, la lujosa mansión que mi dueño, cómo no, había comprado hacía ya dos años y que, como las otras ochocientas mil que tenía a lo largo del país, formaba parte de su gran herencia que pasaría de generación, en generación y bla, bla, bla, bla…

¿Y de qué le servía eso?

Intenté levantarme y, en contra de que me había parecido a mí al principio, resultó más fácil de lo que yo pensaba.

Gracias a mis largas excursiones por toda la casa y todas mis exploraciones por los más recónditos sitios de aquella mansión en mi vida perruna pude orientarme desde esta extraña perspectiva y altura, la cual aún no dominaba para nada bien.

Mi sorpresa fue que no encontré a mi amo por ningún sitio. Él, que siempre estaba sentado en su enorme sillón, viendo la tele, leyendo el periódico o como él decía “simplemente descansando de su agotadora jornada” (¡Qué vida más ajetreada! Del sillón a la mesa y de la mesa al sillón. Sin pasar por alto las muchas ocasiones que se reservaba para pegarme o reprocharme cualquier tontería, para eso sí tenía tiempo).

Decidí no darle importancia, simplemente porque no me importaba qué había sido de él. No por nada en concreto, sino porque a él tampoco le importaría lo que me hubiese pasado a mí si desapareciese de un momento a otro.

Después de toda la mañana dando vueltas decidí ir a ver mi antigua caseta, mi antiguo hábitat. Me llevé un gran chasco cuando nada más llegar vi a un perro de apariencia inquieta que corría de un lado para otro. Evidentemente, el amo ya me había reemplazado, era de esperar. Pobre criatura, parece tan feliz, no sabe lo que le espera. Quizás yo mi primer día también saltaba feliz como una lombriz, pero se me pasó la euforia, mis ojos fueron perdiendo el brillo poco a poco, y con él, mi vida entera fue desvaneciéndose.

Nada más verme, el perrito adorable que me había parecido antes, se transformó en una fiera y empezó a ladrarme como si fuera su peor enemigo. Y no sé en qué momento me di cuenta, quizás fue por su inquietud, por su manera de comportarse, por cómo corría en círculos mordiéndose la cola o, principalmente, por la rabia que tenía contra mí y que le salía a borbotones. El dulce perrito que ahora habitaba mi caseta era el señor de la casa el que, misteriosamente igual que yo, se había transformado de la noche a la mañana.

Y en cierta parte tenía sentido lo que yo decía, porque su personalidad era la misma, sus reacciones contra mí eran las mismas, nunca comprendí por qué sentía tanta rabia hacia mí. La diferencia estaba en que ahora yo tenía la sartén por el mango, y ahora yo podría hacer lo que quisiera con él como él lo había hecho todos estos años conmigo. Pero, la diferencia entre él y yo es, simplemente, todo.

Alba Giráldez

LAS MEMORIAS DE LA METAMORFOSIS DEL QUILÓPODO EN BLATODEO

Caminaba como de costumbre por el mismo lugar. Había llovido la noche anterior y yo lo notaba, pues la tierra a esas horas de la mañana seguía húmeda.

Decidí que era hora de salir y me puse a excavar un pequeño agujero en la arena con el fin de encontrarme en unos minutos en el exterior. Pero algo no funcionaba. Desde hacía unos días notaba en mi cuerpo una sensación de transformación: una mengua de mi tamaño y a una sensación de cambio de piel. Ese día me di cuenta. Al intentar excavar vi que me faltaban patas. Mi cuerpo alargado y blando se había convertido en un pequeño segmento cubierto de un cascarón que tenía en su cima dos alas, que por el momento no sabía utilizar. Mis cuarenta y dos patas se habían reducido a seis, y mis antenas, antes largas y enrolladas habían dado paso a unas extremadamente rectas. Me sentía patoso dentro de ese cuerpo que no era el mío.

Lo primero que intenté hacer fue moverme, buscar algo que me pudiera ayudar, aunque era difícil, pues estaba rodeado de tierra por todos los lados. Intenté entonces caminar, hacia ningún sitio, pues parecía que mis patas no reaccionaban a mis señales. Estaba acostumbrado a moverme con aquel cuerpo alargado y ágil, pero este se me hacía pesado. Pensé que la mejor opción era tumbarse y esperar. Intenté cambiarme de posición con la mala suerte de que tropecé y mi cuerpo se giró, quedándome boca arriba, sin ninguna posibilidad de defensa ni de poder levantarme. Gasté todas mis fuerzas en intentar darme la vuelta, hasta que lo conseguí. Me notaba exhausto y cansado y aquel sitio cada vez era más pequeño. Sentía que no podría aguantar mucho tiempo más en aquellas condiciones. Volví por enésima vez a excavar, pero por más que lo intentaba no podía. Aquellas patas, que cuanto más atrás estaban más grandes eran, no se sujetaban lo suficiente a aquella tierra. Sentía que a cada paso mi cuerpo se hundía más. Me puse a investigar cómo funcionarían mis alas. Para mí era algo nuevo y extraño, no sabía cómo estimularlas y encima con aquel cuerpo no conseguía verlas lo suficientemente bien.

La arena se me venía cada vez más encima, me enterraba cada vez más y volvía a sentir que aquel lugar no era el mío, y que necesitaba salir de allí.

Empecé a agitar de forma extraña, mas bien por intuición, mi cuerpo, con la intención de que también se movieran mis alas. Lo intenté con todas mis ganas, hasta que lo conseguí. Noté unas pulsaciones en mi parte superior del cuerpo, ahora dura, y después unas cosquillas. También noté que pesaban más de lo que imaginaba, así que las agité más fuerte.

Sentí entonces un cúmulo de tierra húmeda que caía sobre mí y me enterraba. No pude salir, no pude moverme y sentí cómo se apoderaba de mí un cansancio del que sabía que no iba a recuperarme. Respiré y me dejé ir.

Paula Lago

 

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